12/07/2024
07:05 AM

Manos mágicas

En una casa de adobes con puertas tan pequeñas que hay que agacharse para entrar, encontramos, en pleno funcionamiento, uno de los telares de la aldea El Cacao.

En una casa de adobes con puertas tan pequeñas que hay que agacharse para entrar, encontramos, en pleno funcionamiento, uno de los telares de la aldea El Cacao.

Dos mujeres indígenas manejan aquellas armazones de madera, en las cuales van tejiendo pacientemente vestimentas propias de la cultura lenca que aún se mantienen vigentes.

Para las personas no acostumbradas a ver este tipo de manufacturas, es difícil entender cómo de aquel enredijo de hiladas de vivos colores puede surgir un tejido tan uniforme y acabado.

La magia está en saber manejar aquella máquina de madera conocida como telar, que elabora tres tipos de tejido a partir de un grupo de hilos de lana.

Ponchos, pañuelos, chales y faldas son algunas de las vistosas prendas que se fabrican en varias de las casas de la aldea, donde las mujeres se han organizado para mantener vigente este patrimonio heredado por sus ancestros.

Vieja tradición

“Lo aprendí de mis tíos y de mi papá”, dice María Teresa Domínguez mientras coloca en el telar un grupo de hilos en forma vertical, manteniéndolo siempre tenso.

“Este grupo de hilos se conoce con el nombre de urdimbre. Luego se teje con otro en posición horizontal, tomando como base la urdimbre. El segundo conjunto de hilos se llama trama”, explica.

María Teresa aprendió desde niña la técnica artística de entrelazar hilos y entrecruzarlos de forma ordenada en los rústicos telares que son fabricados en su comunidad.

“Los hilos de la urdimbre van a lo largo del telar y los de la trama, en dirección transversal”, explica María Aurora, a medida que va tejiendo con la ayuda de su hermana.

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En la gráfica se observa la urdimbre de color claro y la trama que sostiene en sus manos María Teresa Domínguez.

Con un instrumento de madera en forma de barquillo llamado lanzadera hace pasar los hilos de la trama a través del telar, entrelazándolos perpendicularmente con la urdimbre.

La lanzadera contiene en su interior el hilo de la trama, que conformará la tela.

El sobrante de la urdimbre no se desperdicia, pues sirve para hacer bordados en manta, explica.

Las dos hermanas pertenecen al grupo de mujeres “Jóvenes alternativas”, que cuenta con dos telares: uno para prendas pequeñas y otro para telas en mayor escala.

“Lo que más usan las mujeres de la comunidad son los pañuelos para protegerse la cabeza del frío”, dice.

Las vestimentas más vistosas las lucen solamente en ocasiones especiales, como reflejo de fidelidad a la cultura lenca.

Amenaza

Aunque los atuendos indígenas ya no se usan como antaño, es común ver en las carreteras hacia las comunidades lencas a las mujeres ataviadas con ponchos o cargando en un bambador de lana a un bebé.

Al parecer, muchos de los pobladores no quieren renunciar a la colorida vestimenta, una parte importante de su identidad, pese a la intromisión de nuevas costumbres hasta en las remotas comunidades.

Todavía bajan algunas mujeres de las aldeas a los pueblos a vender frutas, verduras, flores, petates u otras artesanías que elaboran, enfundadas en faldas que les llegan a los tobillos.

Ancianas nativas de diferentes lugares coinciden en que el factor económico les ha impedido sostener una tradición antiquísima. Por eso, cuando el vestido tradicional se destiñe o deteriora, lo guardaron y usan otra mudada más sencilla y menos costosa.

El desaparecimiento de los telares en los que elaboraban la nagüilla en cuadros rojos con bordes negros para sus faldas encareció la tradición, dice María Remigia Domínguez, presidenta del grupo de mujeres artesanales de El Cacao.

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En el Centro de Interpretación Lenca de La Esperanza se exhiben estos maniquíes que representan a dos vendedores de papas.

Las nuevas generaciones no pueden costear la confección de la falda, la blusa y el paño que vistieron hasta la muerte sus abuelas.

El hilo que usan las artesanas para hacer los tejidos es importado de Guatemala, al igual que algunas piezas del telar, como el peine, por eso las telas resultan más caras.

Cuando era más barata la yarda de tela, una mujer podía darse el lujo de tener dos o tres faldas, pero ahora sólo le alcanza para adquirir tela sencilla, con la cual confeccionan blusas con alforzas, simulando el antiguo traje indígena.

El traje, al igual que otros elementos de su identidad, como el lenguaje, están siendo amenazados por la irrupción de nuevas costumbres ajenas a la tradición de estos pueblos.

Al rescate

Los directivos de la Fundación para el Desarrollo de Intibucá, Funide, creen que el traje indígena puede recuperarse si se le explota turísticamente. Por ello proyectan desarrollar un imán turístico alrededor de la cercana laguna de Chiligatoro, en el que involucrarán a los lencas para que también hagan negocio “vendiendo” su cultura y productos.

“Con ese propósito imparten cursos de capacitación, de los cuales han surgido los grupos artesanales que elaboran tejidos o cultivan flores”, dijo el presidente de la fundación, Francisco Nolasco.

Han hecho esfuerzos por rescatar el traje indígena por medio de exposiciones regionales para el conocimiento de la comunidad.

Estas actividades se llevan a cabo en la Casa de la Cultura, donde funciona el Centro de Interpretación de la Cultura Lenca.

Si nadie se interesa por conservar estos valores culturales, llegará el tiempo en que los atuendos lencas podrán verse sólo en los cuadros de danza que eventualmente se presentan en actos públicos, dicen.

En Yamaranguila y otras comunidades de Intibucá, a las ancianas se les entierra vestidas con su traje autóctono, collares, paño en su cabeza y descalzas.

Esta costumbre pareciera simbolizar que con ellas también muere, poco a poco, una parte de lo que ha sido la rica y auténtica tradición cultural de Intibucá.

Cambio

Las costumbres y los trajes indígenas están desapareciendo aceleradamente, a medida que la civilización occidental llega a los rincones más apartados.

Herencia

La elaboración de tejidos y vestimentas es una rica tradición, heredada de los indígenas, que aún se conserva en algunas comunidades de Intibucá.