Nadie lleva paraguas por la calle en Nahariya, Israel.
No sólo porque estemos en verano, aunque con lo que pega por estos lares el sol, mucho menos que los cohetes, los misiles, las bombas, quizás fueran necesarios.
Nadie lleva paraguas por la calle en Nahariya porque, entre otras cosas, a nadie te encuentras cuando paseas por esta ciudad.
Los paraguas no protegen, en efecto, de los cohetes Katiusha, tampoco de las bombas israelíes en la Franja, ni de los Qassam en el desierto del Neguev, que de todo hay en este frente nuboso de Oriente Medio.
A mediodía de ayer, Nahariya era lo más parecido a una ciudad fantasma que uno pueda encontrar en el diccionario de sinónimos de la región.
Ni un alma en las calles. Ni un coche en sus avenidas. Los turistas han huido en desbandada. Las familias, rumbo a Tel Aviv, al interior de Israel.
Los semáforos, en ámbar permanente. Las tiendas, los comercios, cerrados a cal y canto.
Los hoteles, vacíos. Los refugios, llenos. Refugios, muchos de ellos, en los bajos de las casas, en todas ellas obligatorios desde 1991.
Sin miedo
Algunos presos de la humedad, la falta de higiene, la escasez de electricidad. “Prefiero dormir en mi cama. Lo que tenga que pasar, pasará. No tengo miedo, somos un pueblo fuerte, todos somos soldados”, explica Víctor Amar, cantante aficionado.
“Cuando llegan las oleadas de cohetes Katiusha huyo hacia la playa como si se hubiera producido un terremoto. Es el lugar más seguro”, explica Víctor, quien nunca olvida llevarse consigo a sus dos gatos.
Pnina Freitag tampoco tiene miedo. Es la dueña de uno de los escasos bares abiertos en la ciudad. “No lo voy a cerrar en todo el día”, presume con firmeza. Dos horas más tarde su pequeño local estaba tan clausurado como el resto de negocios.
No podía ser de otro modo. A sólo unos 200 metros había aterrizado a las siete de la mañana un Katiusha, provocando graves daños en los alrededores, incluida la sala de urgencias
de una modesta clínica.
Pnina conocía poco a su vecina Mónica Seidman, de 40 años, muerta hace sólo una hora bajo el impacto de un cohete de Hizbolá. “Salió al balcón a ver qué pasaba y el Katiusha le cayó encima”, explica Pnina.
“Esta es nuestra vida, pero no nos rendiremos. Podemos irnos unos días, unas semanas, para garantizar la vida de nuestros hijos y familiares, pero siempre volveremos para quedarnos
de pie”. Mensaje para Hizbolá, sin paraguas en mano.