Luisa María vive en una choza miserable, una de tantas en un suburbio de Barrancabermeja, municipio colombiano del departamento de Santander. De ojos y cabello negros, tez de un moreno aterciopelado, su mirada resulta transparente y sincera.
No le importa explicar que su casa está hecha de maderos viejos, con un suelo de barro siempre húmedo. Cuando llegan las lluvias, en julio, la humedad es insoportable, y Luisa tiene que acostarse entre escalofríos.
Tampoco duda en afirmar que es la dueña de una de las dos camas dobles de su hogar, aunque debe compartirla con su hermana Katia, de 10 años, y sus hermanas gemelas, Henri y Nina. Su madre y su hermana mayor tienen un poco más de suerte al dormir juntas.
La lucha entre el ejército del Gobierno, los paramilitares y las guerrillas convirtió a la región en un territorio de guerra.
Es paradójico que la familia de Luisa haya venido a parar a este suburbio, en busca de más seguridad, huyendo siempre de la misma clase de violencia, que ha empujado a poblaciones enteras en Colombia de las zonas rurales a las urbanas: guerrilleros que irrumpen en una casa de campesinos apropiándose de las gallinas, los cerdos o dinero, que vuelven con más frecuencia hasta que hay que huir para salvar la vida.
En una mañana, la vida de Luisa cambió. Con su madre y sus hermanas escapó en canoa hasta llegar a las inmediaciones de Barrancabermeja.
Los guerrilleros buscaban a su padre, que huyó para evitar un balazo en la cabeza.
Luisa es uno de los cuatro millones de colombianos que han abandonado sus hogares por las guerrillas desde 1985, según la asociación Refugees International.
Escalofriante
Y un espejo de la situación de un océano de niños en el mundo. Las cifras resultan aterradoras. De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur, se calcula que existen unos 25 millones de niños, calificados como menores de 18 años, de un total de 50 millones de personas que han sido obligadas a abandonar su país o desplazarse de sus casas por culpa de los conflictos bélicos.
Los que logran traspasar las fronteras de sus propios países, explica Agni Castro-Pita, representante de la oficina de Acnur en España, pueden acogerse a la protección internacional como refugiados, según la convención firmada en 1951.
Los desplazados estarían teóricamente bajo el paraguas de sus propios países, lo que muchas veces se traduce en nada.
La radiografía se hace más compleja y borrosa: unos 25 millones de desplazados internos no pueden acogerse a la protección internacional como refugiados.
Detrás de la desesperación que empuja a estas poblaciones flotantes están las guerras y la persecución.
Si nos elevásemos lo suficiente para contemplar hoy mismo la Tierra y pudiéramos mirar a través de los ojos de los satélites militares de reconocimiento, contemplaríamos un mundo en un volcánico estado de guerra.
Al final del pasado milenio, 35 países ardían en 41 conflictos, de acuerdo con la organización canadiense Plughshares.
Durante 2008, el número de enfrentamientos armados descendió hasta 31.
En menos de seis semanas, 250 mil personas de la República Democrática del Congo tuvieron que huir y el número estimado en la actualidad se acerca al millón, según Unicef.
El año pasado, Afganistán continuó siendo el primer productor de refugiados.
En 28 años de conflicto, incluyendo la última guerra, y a pesar del retorno de cuatro millones de refugiados desde 2002, Pakistán e Irán siguen dando cobijo a más de tres millones de afganos; la franja de Gaza y Líbano acoge a más de dos millones de palestinos en 59 años de conflicto.
Y la guerra abierta entre el Gobierno sudanés en el oeste del país, en Darfur, contra los grupos de las milicias islámicas ha desplazado a 2.5 millones de civiles. Y el número de iraquíes desplazados se acerca a los 4.5 millones.
El caso de Sudán es ilustrativo. Darfur es el último de los conflictos que se extienden a lo largo de casi un cuarto de siglo en este país, una guerra que ha colocado unos 300 mil refugiados sudaneses en países como Uganda, Kenia, Etiopía y Egipto. Pero Sudán es también un país de acogida de refugiados.
Su parte oriental ha cobijado a más de 135 mil personas llegadas de Etiopía y Eritrea, países que llevan décadas desangrándose en guerras.
'En Sudán, trabajamos con refugiados que han llegado hasta allí, pero al mismo tiempo asistimos a desplazados internos sudaneses', asegura Castro-Pita.
El 2008, la inestabilidad en el vecino país, Chad, produjo el flujo migratorio de unos 20 mil chadianos que alcanzó el oeste de Darfur en busca de refugio, al tiempo que desde Darfur han escapado a lo largo de estos últimos años cerca de 250 mil refugiados a los campos de Chad.
No importa realmente si es Colombia, Sudán, Myanmar o China.
Los niños siempre son los mismos; tienen los mismos deseos y sueños, y las mismas dificultades, a pesar de las enormes diferencias culturales entre ellos.
Niños soldados
La organización Human Rights Watch documentó la presencia incluso de combatientes en estos campos de refugiados con 'un número grande de niños soldados en sus filas'.
Desde que acabó la guerra civil en 2002, Sierra Leona experimenta una transición pacífica con elecciones democráticas que en 2007 dieron el poder al partido de All People Congress, APC, cuyo presidente es Ernest Bai Koroma.
Las historias de niños soldados secuestrados, entrenados y a veces drogados para matar han dado la vuelta al mundo. Jonathan pudo convertirse en uno de ellos. De carácter afable y abierto, ahora tiene 24 años. Escribe el nombre de la zona semidesértica donde vivía, Adi Quala, al norte de Eritrea. '¿Qué echas de menos?'. 'Nada', responde con rapidez.
Cuando tenía 16 años, los soldados entraron en su casa, le registraron y le pidieron la documentación. Explica que el reclutamiento de los jóvenes en Eritrea es obligatorio, sobre todo en época de guerra. Los enemigos son los etíopes, hay un condicionamiento político para odiarlos. Jonathan muestra su carné de testigo de Jehová, asegura que su religión le impide empuñar un arma, pero es llevado a una cárcel militar, Brigada 6, y luego traslada a otra.