Entre el mar Caribe y la montaña de Capiro y Calentura se ubica la paradisíaca laguna de Guaymoreto, en cuyo interior se tejen insólitas historias de cuidadores de pequeñas embarcaciones, anclados en el tiempo.
Los años transcurren en un ambiente de belleza natural y con ellos se disipan las esperanzas laborales de los fieles vigilantes de los botes encallados en las orillas de la laguna, quienes siguen esperando que sus patronos les paguen el servicio prestado por más de tres años.
Rigoberto Cruz Aguilar es un menudo hombre teleño de 39 años, quien espera que su jefe guatemalteco aparezca para cancelarle el pago de dos años de trabajo por cuidar su bote pesquero varado en Guaymoreto.
Vestido de pantalón negro, camisa a rayas y sandalias de hule azul, este pescador cuenta que llegó a Trujillo el 5 de enero de 2004, desde el puerto de Tela, para visitar a unos amigos que viven cerca de la laguna.
Jamás hubiera creído que su estadía se prolongaría hasta esta fecha, sin esperanzas de retornar a su tierra hasta encontrar una solución a su problema.
Cruz recuerda que la noche de antesala al Día de Reyes se encontraba en casa de su amigo Reino Evaristo Duarte cuando Antonio Rivas, propietario de la embarcación Santa María II, le ofreció el trabajo de cuidador del bote a cambio de un salario mensual de tres mil lempiras, mismos que nunca llegaron.
“El patrón, Antonio Rivas, me ofreció una buena paga, me pareció bien, por lo que decidí dejar a mi esposa Aracely Ocampo y a mis tres hijos en Tela. Me explicó que el trabajo consistía en cuidar el bote mientras él viajaba a Guatemala para arreglar unos asuntos, pero nunca regresó ni me giró el pago”.
Con el afán de encontrar una solución a su difícil situación, Cruz cuenta que en la primera quincena de trabajo se trasladó al banco Atlántida de Trujillo para reclamar el pago transferido desde tierras chapinas, pero hasta la fecha no ha llegado el giro para cancelar sus honorarios.
Desconcertado, el pescador recurrió a los números telefónicos que su jefe le dejó en caso de emergencia y llegó a las oficinas de Hondutel para contactarlo, pero los esfuerzos fueron en vano porque la operadora de la oficina de telecomunicaciones le notificó que no existían tales números.
Sin dinero para pagar el alquiler de una vivienda digna, Cruz decide instalarse en el bote, el cual ahora es su hogar.
“Le comenté a mi esposa de la situación y ella me dijo que si yo quería quedarme hasta que encontrara quién me pagara el tiempo invertido, que me quedara, y fue así como vivo hace dos años aquí”, recuerda Cruz.
Pero las preocupaciones del pescador no se limitaban al salario, pues corría el riesgo de que el bote fuese confiscado por el personal de la Naval de Puerto Castilla, ya que Antonio Rivas era buscado por las autoridades.
“Ellos llegaron hasta aquí para llevarse a Santa María II porque dijeron que el dueño era un prófugo de la justicia, pero me opuse ya que soy el encargado de cuidarlo y es mío por el salario que se me debe”.
La precaria situación en que vive este hombre de tez canela lo ha puesto al borde de la muerte dos veces, “sufrí de malaria y dengue, por lo cual la vecina Emilia Ortiz me trasladó al hospital”, dice.
Rigoberto sobrevive trabajando con los pescadores en la elaboración de atarrayas.
Con el dinero devengado suple sus necesidades básicas y le envía dinero a su familia.
El pescador sólo desea la cancelación de sus derechos laborales para retornar a su hogar, pues nunca podrá usar Santa María II para pescar porque para echar a andar el bote se necesitan cerca de 100 mil lempiras por reparaciones y combustible, porque la embarcación ha estado dos años varada.
La historia de Rigoberto Cruz no es la única que se escucha entre los mangles, las aves y el agua de la laguna, a ella se suma la de Pedro Pérez Ramos, un pescador que lleva tres años cuidando la embarcación de Carlos Hernández Fiallos sin recibir ni un lempira de salario.
Todos los meses, desde que Pérez fue contratado por Fiallos, va a La Ceiba, residencia de su contratante, a reclamar el pago de su sueldo, pero siempre regresa con las manos vacías.
“Al principio me decía que regresara, luego que estaba tramitando un préstamo para pagarme, pero hace un tiempo dijo que no podía cancelarme y me quedara con el bote.
Ya perdí las esperanzas de recuperar el pago de estos tres años”, explica.
Pérez hoy forma parte de la asociación de pescadores de la laguna, compuesta por unas 42 personas que ofrecen a los visitantes recorridos en cayuco y pequeñas lanchas por los hermosos senderos de Guaymoreto.
Recorrido
La laguna de Guaymoreto se ubica en la ciudad de Trujillo y consiste en una área protegida formada por un complejo sistema de canales y manglares.
En ella habitan aves como el pelícano, el pichiche y los patos, entre otros. En invierno, muchas aves migratorias llegan a la laguna para pasar el mal tiempo.
Los pescadores de la zona han formado una asociación que pretende buscar el desarrollo turístico de Guaymoreto.
“Nos hemos aliado unas 42 personas con pequeñas lanchas y cayucos para atender a los visitantes que buscan conocer la laguna a través de los recorridos por los senderos”, dijo el vicepresidente de la asociación, Pedro Pérez.
Los pescadores cuentan que las cosas no han sido fáciles para ellos, pues aunque se unieron hace seis años, hasta ahora comenzaron a ejecutar los proyectos, porque no cuentan con la ayuda de una institución gubernamental que los guíe.
“Nosotros nos hemos puesto en contacto con los pescadores del Lago de Yojoa, ellos nos dan seminarios en Amuprolago y para las vacaciones de verano nos ayudarán a instalar pequeñas casetas a la orilla de la laguna para promover el turismo en la zona”, manifestó Pérez.
La laguna se recorre en cuatro horas en cayuco, que tiene un valor de 300 lempiras para un máximo de cinco personas; en una embarcación de motor se realiza en dos horas, a un precio de 1,200 lempiras, con un máximo de seis personas.
Durante el paseo puede observar comunidades garífunas como Santa Fe, San Antonio y Guadalupe.
También se puede observar los bancos de estrellas de mar, arrecifes coralinos y animales marinos.
Los pescadores se contactan en el viejo muelle de la laguna, a unos 500 metros de la entrada principal del puerto.
Si desea más información llame a los teléfonos: 434-2812, 434-2806 ó 975-6414.