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Porfirio Betancourt, Allan Anthony Costly, César Efraín Gutiérrez

  • Actualizado: 10 octubre 2009 /

Siguió los pasos de su padre, el inolvidable Porfirio Betancourt, de quien no sólo heredó la pasión y el talento por el fútbol, sino hasta el nombre.

“El cañón”

Siguió los pasos de su padre, el inolvidable Porfirio Betancourt, de quien no sólo heredó la pasión y el talento por el fútbol, sino hasta el nombre. Porfirio Armando Betancourt es limeño de nacimiento y hondureño de corazón; sus primeros años en el mundo del deporte los pasó en el club Sula.

“Una vez me fui a ver jugar a mi papá en la Liga mayor y me dijo que no quería que fuera jugador no porque fuera malo, sino porque decía que era demasiado futbolista para este nivel”.

Betancourt siguió practicando, pero como pasatiempo. Nunca tuvo intenciones serias de jugar, pero gracias al deporte rey y a su potencial ingresó a las filas de la Selección Nacional y dio el todo por el todo en España 82.

“El Mundial fue una experiencia grata por vivir la emoción con mis compañeros. Resiento no haber alcanzado algunas metas, como llegar a una segunda etapa en España 82 y no poder clasificar a México 86 teniendo un mejor equipo. En Europa tuve experiencias negativas por gente racista y envidiosa, pero la vida así es y continúa. He aprovechado los momentos buenos”, afirma.

De imponente presencia física, Porfirio dice ser un “producto bananero” porque su abuelo y su padre trabajaron en la Tela Railroad Company. Define su paso por el deporte como una bonita etapa en su vida, pero de corta duración.

Gracias al fútbol estuvo becado en una universidad en Estados Unidos, cosechó muchos amigos y se ha ganado el cariño de la gente que vivió el Mundial de 1982. La sencillez que irradia Betancourt es evidente al escuchar sus primeras palabras: “Jugué y viví en el extranjero. Nunca pensé en llegar a ser gran futbolista e hice grandes cosas gracias a Dios. El dinero para mí no es lo más importante en la vida. Me considero una persona sencilla y valoro a la gente por lo que es. Soy otra persona que está luchando en la vida como todos”. Era conocido como Porfirio “El Cañón” Betancourt porque un narrador puertorriqueño durante una eliminatoria del mundial juvenil de Tunes en Puerto Rico lo llamó así por ser el máximo goleador.

“El cochero”

Allan Anthony Costly es otro “hijo” del Olimpita de Tela que saltó al Real España gracias a la sabia intuición de Chelato Uclés. Tremendo jugador que fue en esos años y por eso llegó a la Selección Nacional con pie derecho. “A la Bicolor me integré con gran sacrificio porque dejé mi hogar y mi familia. Fueron muchos años afuera. El amor propio nos hizo llegar hasta donde llegamos y el sacrificio nos dio fruto al final”, asegura.

Para él, España 82 fue lo máximo. “Uno se siente realizado. Es una magnitud a nivel mundial y te ven tan sólo por un pequeño televisor millones de personas”. Pero así como atesora satisfacciones en su corazón, Costly también guarda sinsabores, como campeonatos a un paso de ganar y que al final se perdieron y, por supuesto, las remuneraciones injustas a los ex mundialistas de esa época. “Pero ante todo estoy feliz porque soy uno de los jugadores que dio a conocer el país a nivel internacional”, dice.

Con esa felicidad, regalo del fútbol, Costly también obtuvo su hogar, sus propiedades y una familia bella con la que comparte sus recuerdos inmortales.

Allan Anthony es conocido como “El Cochero”. “Un compañero de Real España, allá por los años 70 me bautizó así”, cuenta. “Chelato nos relajaba los domingos cuando teníamos dos partidos seguidos llevándonos al cine y cuando estábamos en el Tropicana, en una película salió un señor de casi dos metros arriando una carreta y el compañero se levantó y gritó: ‘Ahí va Costly, el cochero’. Desde ahí me dicen así. Me siento orgulloso”. “El Cochero” también tuvo oportunidades en el extranjero, pero no se quedó viviendo en otros países porque siempre ha amado esta tierra.

“Otro país no tiene la libertad que existe acá. Estuve tres años en España y quería que pasaran rápido. Eso fue del 82 al 85 y cuando regresé juré que nunca más me volvería a subir a un avión y así ha sido hasta la fecha”. Es el progenitor de Carlos Costly, el reconocido delantero de la Bicolor. De tal padre, tal hijo.

“Fayito”

César Efraín Gutiérrez no tenía balones para jugar, pero sí pelotas de hule y bolsitas de calcetines. Así fue tejiendo ilusiones de un niño que soñaba con ser grande. Después de estar en varios clubes de La Ceiba, dio el gran salto al equipo Universidad. Poco a poco escaló la montaña del triunfo hasta llegar a la cúspide futbolera al integrar la selección que clasificó a España 82.

“A veces considero que Dios me puso como una estrella para que iluminara a Honduras y lograra la clasificación que quedó en la memoria de cada hondureño”. La emoción del Mundial la sintió aquel 16 de junio de 1982 en el estadio de La Romareda. “Mi pensamiento se globalizó en Honduras y por los tres millones de catrachos de ese entonces que nos miraban en televisores blanco y negro. Son los momentos más grandes para cualquiera de nosotros”. El fútbol le dejó amigos y lo más preciado fue un regalo especial que le hizo a su madre: una casa en La Ceiba. La compró con ahorros. Primero le dieron 12 mil lempiras por clasificar, luego cinco mil por participar y dos mil dólares por partidos y por haber lucido tacos Puma.

“Para mí esa casa tiene un valor incalculable. Ni por mil millones de lempiras, o lo que fuera, la vendería porque tiene un valor increíble para mí y para mi madre”.

A Efraín todos lo llaman “Fayito”. La gran pregunta es ¿por qué? “Una vez le pregunté a mi madre y me dijo que una tía mía me llamaba ‘Paín’, luego ‘Faín’ y por último ‘Fayito’ y así me quedé”, cuenta.