04/04/2026
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Cuentos y Leyendas de Honduras: El gato

¿Los fantasmas son solo humanos? Responderemos esas preguntas con el relato que me contó doña Esperanza D.

    ¿Los fantasmas son alucinaciones, producto de nuestra mente o de la presencia de espíritus que adoptan la identidad de los muertos? Miles de hondureños en pueblos, ciudades, aldeas y caseríos han asegurado que vieron u oyeron objetos y especialmente personas que ya no están en este mundo. ¿De dónde vienen? ¿Los fantasmas son solo humanos? Responderemos esas preguntas con el relato que me contó doña Esperanza D.

    “Cuando yo era una niña, don Jorge, vivíamos con mis padres en el barrio La Leona, muy cerca del parque Manuel Bonilla. Aunque a muchos les parezca increíble, residíamos en un castillo, el famoso Castillo de Belucci. Fue un italiano que vivió en la capital y construyó una bonita casa con forma de castillo, donde, según él, vivirían sus descendientes. El tiempo pasó. Los parientes del señor Belucci vendieron la propiedad, que fue convertida en una cuartería. Ya solo ha quedado el recuerdo del nombre de aquel italiano soñador.

    En esa época teníamos un gato negro al que mi papá le puso de nombre Bruno. Era un animal muy juguetón y se ganó el cariño de los que vivíamos en el castillo.

    Un día dormía en una casa, otro día en otra, y así pasaba de casa en casa. Le daban de comer y le hacían lo que a él más le gustaba: lo acariciaban. Solo cerraba los ojitos el condenado gato, dejándose consentir por la gente que lo quería. Cuando se enamoraba nos desvelaba a todos. Maullaba terriblemente. Por suerte, la brama le duraba poco con las gatas que vivían fuera del castillo.

    Bruno era especial conmigo. Ronroneaba frotando el cuerpo contra mi falda. Yo lo agarraba, lo chineaba y le sobaba la cabecita hasta que se quedaba dormido. Mi papá me regañaba porque solo pasaba mimando a Bruno.

    Una noche, todos nos levantamos apresuradamente porque mi papá se quejaba de un terrible dolor en el estómago. Recuerdo que mi mamá voló a conseguir un carro para llevarlo al hospital. Me dejaron cuidando a mis dos hermanos menores. Mi hermano mayor y mi padre se fueron con él al hospital general San Felipe.

    Amaneció y yo estaba ansiosa por saber qué le sucedía a mi papá. Como a las seis de la mañana, mi mamá y mi hermano regresaron llorando. Papá había fallecido.

    Los vecinos se pusieron a la orden aseando la casa y poniéndolo todo en orden. En el pequeño patio del castillo velamos el cadáver de mi papá. Lo extraño de todo fue que Bruno estuvo a un lado del ataúd hasta que fuimos a enterrarlo. Nueve días más tarde, Bruno amaneció muerto sobre una silla de la salita del cuarto. La gente dijo que el gato había muerto de pesar porque amaba mucho a su dueño.

    Crecimos, me casé y tuve tres hijos. Mis hermanos también se casaron y siempre recordamos nuestra pobreza cuando vivíamos en el Castillo de Belucci. Mi esposo es un hombre de éxito. Tiene una empresa que le reporta excelentes ganancias. Es buen padre de familia, se lleva bien con mis hermanos y mis sobrinos, que lo quieren mucho. No hallan qué hacer con él.

    Cuando mi mamá falleció yo tenía solo dos hijos. La sepultamos al lado de la tumba de mi papá y, aunque parezca extraño para los que leen su relato en Diario La Prensa, permítanme decirles que a Bruno lo enterramos en la tumba de mi papá. Se lo digo como un dato curioso. Pues bien, cada vez que nos reuníamos en Navidad todos los miembros de la familia y los de la de mi esposo evocamos el castillo, la vida que llevamos y sobre todo las picardías de Bruno, nuestro hermoso gato negro.

    Mi esposo a veces se quedaba trabajando hasta medianoche en su empresa para ver qué pedidos tenía que hacer, cómo marchaba la distribución de productos y cómo estaban las cuentas. Una noche me llamó por teléfono y me dijo que le llevara un poco de café en un termo. Los niños se quedaron dormidos y le recomendé a la trabajadora que me llamara a la oficina de mi marido si algo sucedía. Llegué a la empresa a las diez de la noche, ayudé a mi esposo a organizar algunas cosas porque a veces también trabajaba con él. Aproximadamente a las once ya lo teníamos todo organizado y nos preparamos a salir de la oficina. Cuando él abrió la puerta principal, dos hombres nos encañonaron sorpresivamente con revólveres y nos amenazaron. De pronto, un gato negro saltó sobre el rostro de uno de ellos, que comenzó a disparar. El otro, al ver lo que pasaba, salió corriendo. El asaltante gritaba ‘¡quítenme este gato maldito!’. La pistola cayó a un lado. Mi esposo la agarró y ella misma amenazó al hombre. A pesar del miedo logré amarrarlo y llamamos a la policía. Fue un tremendo susto el que nos llevamos. Llegó una patrulla policial y se llevó al hombre. Llegamos nerviosos a la casa. Los niños estaban dormidos y la trabajadora también. Fue así que cuando nos quedamos solos rompí a llorar. Entonces, repentinamente, me sequé las lágrimas y dije: ‘¡Era Bruno! ¡Era Bruno!’. Mi esposo estaba asombrado. Ni siquiera nos habíamos preguntado de dónde había salido aquel gato cuando en la empresa no hay animales. Fue Bruno, él fue y aunque alguien me diga lo contrario, que los fantasmas de los animales no salen, les puedo asegurar que sí salen. Era Bruno, el gato negro de la casa. Era Bruno”.

    Cuando doña Esperanza me contó aquella extraña historia, dos lágrimas corrieron por sus mejillas.