"¡Es duro, estoy sufriendo!": crónica de 5 horas desde una sala de quimioterapias en SPS

Los pacientes oncológicos madrugan para recibir las quimioterapias en la Liga Contra el Cáncer de San Pedro Sula. El costo promedio general por cada una es de 7,000 lempiras.

Amada Barahona lucha por sobrevivir ante un cáncer de mama en etapa II.
Amada Barahona lucha por sobrevivir ante un cáncer de mama en etapa II.

San Pedro Sula, Honduras.

"Semillas de esperanza", "Misericordia día a día" y "Majestuoso", son parte de la línea de libros que aguardan en un estante situado entre las sillas donde reciben su tratamiento de quimioterapias los pacientes que luchan contra el cáncer.

El proceso de quimioterapias va más allá de la pérdida de cabello o las naúseas, también se traduce en una niebla química que duele intensamente para quienes luchan contra el cáncer en sus diferentes dimensiones.

El diagnóstico de cáncer cambia la vida, no es sólo por los sentimientos que se generan dentro del paciente, sino por el conjunto de reacciones poco habituales que se producen en su entorno, ya que una vez establecido el diagnóstico, este se asocia con su imagen social: una sentencia popular de muerte y dolor.

Muchos de los pacientes con diagnóstico de cáncer que deciden someterse a tratamientos de quimioterapias y radioterapias asisten frecuentemente a la Liga Contra el Cáncer. Esta crónica periodística retrata su duro proceso desde adentro de una sala en San Pedro Sula y a continuación se narran una serie de impactantes testimonios de pacientes que se trasladan desde zonas remotas y cercanas para recibir sus tratamiento.

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Los pacientes oncológicos de la Liga Contra el Cáncer asisten a esta sala para aplicarse su tratamiento.

Gastos en medicinas, terapias, cirugías, implantes mamarios, dietas especiales y transporte, componen la amplia lista que debe de asumir un paciente de cáncer según su condición, en muchos de los casos sin la posibilidad de un plan financiero que les permita poner frente a la dura situación.

En este lugar, al que muchos entran por trabajo o dirán algunos por "una mala jugada de la vida", se observa una combinación de sentimientos que van desde el miedo y la incertidumbre hasta la esperanza y la fe. En la sala de quimioterapias se sientan jóvenes, adultos y ancianos en los sillones para esperar hasta cinco horas que el medicamento ingrese a su organismo.

Son apenas las 6:00 am y llegando al portón de entrada, una de las enfermeras encargadas menciona que hubo algunos pacientes que arribaron a la Liga desde las 4:00 am, muy temprano para tomar rápido su número, ir a pagar los 1,000 lempiras de la aplicación de las quimioterapias, así como la compra de medicamentos y desayunarse bien previo al tratamiento.

Se calcula que asisten a quimioterapias en la Liga Contra el Cáncer de San Pedro Sula un promedio de 15 pacientes, la mayoría de 45 años en adelante. Cada sesión depende de la evaluación del oncólogo y el tipo de cáncer, hay desde hora y media hasta cinco o seis horas de quimioterapia.

Habitualmente los pacientes acuden a las quimioterapias durante la semana o cada 21 días, según lo sugiera el especialista. No tan cerca unos de los otros, los pacientes están sentados o acostados sobre unos sillones grandes que parecen como de cuero, varios miran absortos a la nada o cabecean, algunos, quizá los más resistentes a los efectos nocivos de la droga, permanecen incólumes y atentos a todo lo que pasa alrededor.

"¡Santana Zúniga"!, exclama con voz fuerte una de las enfermeras que pisa sobre la sala de espera, el paciente se acerca tras el llamado, luego es remitido a otro espacio cercano para revisar su peso y someterse a otros análisis, entre ellos el de sangre.

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Pacientes y familiares en la sala de espera previo al tratamiento de quimioterapias.

Son las 7:15 am, en la sala de espera hay unas 21 personas, de todas las edades y con variedad de cánceres en su cuerpo. En uno de los extremos conversan suavemente dos mujeres oriundas de Ocotepeque y un hombre originario de Copán, ya que sobre los distintos muros que soportan la sala hay carteles con la leyenda "silencio".

De pronto ingresan a la sala dos miembros de la Cruz Roja Hondureña y un anciano en camilla, que seguramente viene a un tratamiento oncológico. Por otro lado, un adulto mayor de contextura delgada, camisa de color blanco y pantalón gris, se encuentra sentado, cabizbajo, con las manos cruzadas, ojos cerrados y orando a Dios por la salud de su esposa, una mujer de más de 50 años que llegó a su nueva cita oncológica para contrarrestar el cáncer de mama.

Previo a ingresar a la sala de quimioterapias los pacientes deben pasar con los oncólogos de apellidos Umanzor, Bejarano y Mejía para revisión del hemograma y otros detalles médicos, con el fin de aprobar o no la siguiente quimioterapia.

Cuando el reloj marca las 7:35 am ingresa la primera paciente a la sala de quimioterapias, viene desde Puerto Cortés y es atendida por Sandra, una de las dos enfermeras asignadas en el lugar.

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Una enfermera preparando la sala previo al ingreso de los pacientes oncológicos.

La sala de quimioterapias tiene 13 sillas, su equipo de tratamiento, televisor, aire acondicionado y una sala tipo recepción donde el personal de enfermería revisa los expedientes y recibe los medicamentos que compran los familiares. Mientras van llegando a la sala, Sandra se sienta y se coloca frente a un monitor para revisar nombres, apellidos e historial clínico, al tiempo que escribe sobre unas viñetas todos los datos de los pacientes, el tratamiento a aplicar y las horas en que deberán permanecer sentados.

A medida que avanza el tiempo el personal de enfermería comienza a canalizar cada paciente, este proceso no supera los 15 minutos de manera individual, al tiempo que procede a diluir la quimio para ingresarla a la bomba de infusión.

En la sala hay nueve mujeres y tres hombres, entre adultos y ancianos. Una de las pacientes permanece con los ojos cerrados y acostada, uno de los hombres tiene su mirada hacia el techo mientras es canalizado, un segundo hombre que porta gorra y pañuelo se mantiene a la espera, mientras que en una de las equinas está una mujer de más de 70 años con la mano en su pecho.

Son las 8:35 am y comienza el inquietante, silencioso y doloroso proceso de quimioterapias en la sala. Sandra y su compañera Teresa, ambas con personalidad afable y humanística, se mueven de un sitio a otro para asistir a los pacientes en caso de necesitar ir al baño o ante cualquier reacción que se pueda presentar mientras reciben la serie de químicos.

En uno de los costados está doña Dolores, quien llegó desde Morazán, Yoro, para aplicarse su octava quimioterapia de tres horas debido a que tiene cáncer en una de sus mamas, hígado, útero y pulmón. Ella vino acompañada de su hermana Fidelina López, quien calificó la experiencia como "muy difícil", al tiempo que señaló que "uno va aprendiendo cuando ocurren estas situaciones, valoramos el cuidarnos más", al tiempo que menciona que el costo de las quimioterapias ronda entre 7,000 lempiras y 8,000 lempiras.

Testimonios

Doña Amada Barahona (56) llegó desde la colonia Zerón con su esposo Florencio. Ambos fueron víctimas de las inundaciones registradas en noviembre de 2020 por las tormentas tropicales Eta y Iota mientras vivían en el municipio de La Lima, quedando prácticamente en la calle.

El tumor en una de sus mamas, la cual le fue quitada para evitar su expansión, fue diagnosticado precisamente en el mes de noviembre del año 2020 y ahora lo tiene en etapa II.

"Hay días en que uno está decaído, eso duro y se sufre, también he tenido depresión, vivo con mi esposo e hijo menor que se quedó sin trabajo. Mi esposo me dice que debemos seguir hasta final, pero tengo miedo de dejarlo solo porque está viejito", relata doña Amada mientras se le corta la voz y lágrimas salen de sus ojos.

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Dos mujeres y un hombre sentados mientras reciben el tratamiento de quimioterapias en su cuerpo.

María Leticia Pineda (49) viene desde Olanchito, Yoro, para aplicarse la cuarta quimioterapia contra su cáncer de mama. "El trato aquí ha sido muy bueno y las enfermeras son atentas", rememora mientras recuerda que cada vez que sale de sus quimios programadas durante cada 21 días, suele sentir dolores en su estómago, inflamación en los pies y cambia el color de sus manos y dedos.

María llega acompañada de su esposo Francisco Orellana, quien comenta que "uno debe ser paciente con esta enfermedad, pero lo que preocupa es el dinero, ya que ella es ama de casa y yo labrador de tierra. Por cada quimio estamos pagando cerca de 7,000 lempiras, lo que hago es pedir dinero prestado y después quedo trabajando, ganando 150 lempiras diarios, para cancerlar la deuda".

Ana Isabel Orellana (44) se desplazó desde San Marcos, Ocotepeque, se quedó con una tía al interior de un hotel y desde un día antes para estar a tiempo. Esta es la primera quimioterapia que recibe y deberá asistir cada 21 días para luchar también contra su cáncer de mama. "Me siento confiada en Dios en que todo saldrá bien, estoy fortalecida", asegura.

Muy cerca se encuentra María Delicia Hernández (36), acompañada de su esposo Pedro, ambos se movilizaron desde Trinidad, Copán. "Este proceso es complicado para uno de pobre, pero gracias a Dios aquí nos han tratado bien, ya me hicieron tres quimioterapias, 35 radioterapias y únicamente faltan dos quimios", expresa con una leve sonrisa de satisfacción en el rostro.

José Henríquez (39), cargado de optimismo, indica que "me siento seguro de lo que Dios está haciendo, tengo fe que este tratamiento sólo me matará las células malas. Este es mi segundo proceso, ya que anteriormente me sometí a 30 radios y cinco quimios, aún con todo lo que he pasado sé que Dios me ha dejado con un propósito, a quienes están leyendo estas historias les digo: busquen a Cristo Jesús".

"Hemos llorado a su lado"

Adriana Santos, jefe de enfermería, rememora que en la sala de quimioterapias se viven múltiples experiencias, desde episodios de dolor por la muerte de alguien en particular, hasta recuperaciones traducidas en victoria para los pacientes que vencen el cáncer, es como si volvieran a nacer.

Unos pacientes presentan durante el tratamiento sensaciones de ahogo, presiones y dolores en el pecho, taquicardia, escalofríos y náuseas. "Esta es una área compleja por el tratamiento que se aplica y nos toca la parte sentimental, hemos tenido pacientes que vienen ansiosos, angustiados y llenos de temores, más cuando es su primera vez, adicional a ello, todo lo que escuchan allá afuera sobre las quimioterapias", dice.

"Hay algunos pacientes que lloran o entran en depresión, allí es cuando como enfermeras, además de nuestra función asistencial, toca ponernos a su lado y darles ese apoyo que muchas veces no reciben en su casa. Los pacientes oncológicos son especiales y lo doblegan a uno, muchos vienen además de su problema de cáncer, con dificultades económicas y familiares, entonces nuestro deber es recibirlos de manera armoniosa", añade la joven enfermera.

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Una mujer sentada en la sala destinada para pacientes con cáncer.

La mayoría de pacientes que entran a la sala expresan constantemente que sienten miedo y que no desean morirse, incluso algunos confiesan que no cuentan con el apoyo de su familia.

Al estar en la sala es cuando el personal sanitario se entera de las verdaderas condiciones en que estos viven, en ciertos casos no llegan según fecha establecida para su siguiente quimioterapia debido a que no cuentan con el dinero que se requiere, eso les pasa factura significativamente en su salud. Cuando no vienen a la sala, las enfermeras llaman a los familiares para preguntarles por qué no se presentaron, sus respuestas en estos casos suelen ser que no tienen dinero o porque lamentablemte el paciente falleció.

El escenario de los parientes que acompañan durante esta batalla de sobreviviencia es otro, es difícil. A la sala de espera llegan padres, esposos, esposas, hijos, amigos y vecinos.

"A veces aunque el paciente no tenga una respuesta positiva desde el punto de vista médico, los familiares se van hasta el final con los tratamientos y medicamentos que hay, pues es lógico que quieran hacer todo lo posible por salvar la vida. Lamentablemente las quimioterapias suelen ser efectivas cuando la enfermedad va comenzando, hay ciertas excepciones de cáncer avanzado y que salen adelante, pero depende de cuál sea el caso, el tratamiento a seguir y la condición anímica del paciente", señala Santos.

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Una de las enfermeras asignadas revisando el historial de cada uno de los pacientes.

"Uno mira cómo los pacientes y familiares sufren, es injusto muchas veces porque al final no libran la batalla contra el cáncer, pero queda la satisfacción de haber hecho hasta lo imposible por sus seres queridos. Aquí nos ha tocado llorar con ellos y en ocasiones contenernos para darles ánimo, nos toca venir con la mejor sonrisa aunque por dentro estemos devastados", agrega la profesional.

Los que más preguntan los pacientes es si se van a curar o van a morir, francamente los pacientes con cáncer no siempre saben la verdad porque los familiares ocultan información con el fin de evitarles mayor dolor.

En la sala de quimioterapias los pacientes hablan poco y todos lucen con rostro triste. A medida se incrementan las sesiones, en algunos casos las reacciones son fuertes y en otras desminuyen debido a los efectos positivos contra la enfermedad.

Una lucha permanente

La jornada de quimioterapias concluye cerca de las 3:00 pm, hay unas que duran hora y media, dos horas o entre cinco y seis horas, depende del medicamento y el momento en que lleguen los pacientes.

Cada vez que uno se queja de algo insignificante, realmente hay que recordar que en otro lado alguien tiene un problema de verdad, puede que hayamos quedado atrapados en un atasco o dormido mal, puede que las mamas no sean tan grandes como quiera, que tenga celulitis o un enorme estómago, pero olvídese de todo porque le aseguro que no pensará en nada de eso cuando le llegue el turno de ingresar a esta sala, aquí todo es tan insignificante que entenderá su vida como un todo.

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Los pacientes pueden leer estos libros mientras pasan las horas de tratamiento.

Son las 11:00 am y doña Amada, quien llegó desde las 6:00 am, finaliza su quimioterapia, quedando desgastada físicamente, a través del cristal de sus lentes se observan ojos llorosos y también se escuchan pequeños quejidos de dolor. Una de las enfermeras la acompaña hasta la entrada de la sala, mientras tanto, doña Amada manda a llamar a su esposo Florencio para que la mueva en una silla de ruedas hasta el consultorio del oncólogo Umanzor.

Después de los comentarios del oncólogo, doña Amada pasa a una área de secretaría que está instalada en la sala de espera para revisar su próxima cita. Luego de recibir la información sale del lugar en silla de ruedas y siendo halada por su esposo Florencio, un adulto mayor que además de cargar entre sus hombros un bolso lleno de medicamentos y recetas, retrata en su rostro una franja de grandezas de las que es capaz el ser humano.

Mirarlos a ambos en esa condición, aunque fuesen dos completos desconocidos, me tocó ciertas fibras sensibles que provocaron una reflexión sobre la vida de cada uno. De pronto sentí un impulso irreflenable de poner por escrito las siguientes líneas: "Siempre he imaginado envejeciendo con salud y feliz en esta vida tan frágil, preciosa, impredecible y que cada día es un regalo, no un derecho adquirido".

Cuando miré cómo los cuerpos de doña Amada y su esposo desvanecían ante el cansancio e impotencia, sin que yo pueda hacer nada, me di cuenta sin que lo dijeran, que su deseo es pasar otro cumpleaños, otra Navidad con su familia, un día más de matrimonio y con sus hijos, sólo uno más”.

Salí de la Liga Contra el Cáncer y una vez que estuve afuera respiré una bocanada de aire, miré al cielo, me di cuenta una vez más lo hermoso que es el mundo y lo afortunados que somos al poder respirar.


Nota. Las imágenes y testimonios aquí descritos fueron autorizados por los pacientes y personal de la Liga Contra el Cáncer.

La Prensa