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Belén año I

  • Actualizado: 23 diciembre 2020 /

    Hace poco más de dos mil años, Belén no era más que una remota y perdida aldea de Palestina. Aunque el mismo rey David era originario del lugar, no jugaba ningún papel importante en la vida política o social de aquel extremo oriental del Imperio Romano. De hecho, del relato evangélico se puede deducir, ni siquiera contaba con las facilidades de alojamiento necesarias para situaciones como la generada por el censo convocado en esos días y que obligaba a los descendientes de David a registrarse en la aldea, lugar de origen de sus ancestros.

    Sin embargo, así había sido dispuesto por la Providencia, Belén pasaría a la historia como el sitio en el que nacería el Redentor del género humano y se convertiría en sitio de peregrinación para millones de cristianos que, durante más de veinte siglos, han acudido al lugar en el que hoy se levanta la basílica de la Natividad para contemplar el lugar en el que la tradición asegura se ubicaba la cueva que era utilizada como establo y que estaba fuera del núcleo de la población.

    Aún hoy, a pesar del cerco que sufren sus actuales habitantes, y las dificultades para entrar y salir de la ciudad, impuestas por el Estado de Israel, Belén continúa siendo un punto de referencia clave para la historia del cristianismo y para las distintas confesiones que se declaran creyentes en Jesucristo. Por lo mismo, toda visita a Tierra Santa lleva, obligatoriamente, a su cuna, al lugar en el que los profetas habían anunciado que el Verbo de Dios se haría carne y habitaría entre nosotros, como reza la oración del Ángelus.

    En aquella noche mágica, en la que aquella peculiar estrella brilló sobre el cielo betlemita, pocos se dieron cuenta del evento trascendental que se daba en ella: los propios padres del Niño, san José y la Virgen María, un grupo de pastores y aquellos magos llegados de Oriente.

    El resto del mundo se mantuvo ajeno a semejante acontecimiento, porque el advenimiento del Dios Niño no tuvo más aparato que un coro angélico reservado a un reducido número de pastores y una estrella cuyo mensaje solo supieron descifrar los tres sabios acostumbrados a leer el firmamento.

    Aquella primera Nochebuena fue el hito que marcó un antes y un después en la historia universal, y Belén es, desde entonces, el lugar hacia el que todos dirigimos la mirada para agradecer que haya acogido los primeros vagidos del Niño cuyo nacimiento celebramos hoy.