Veamos lo que es la envidia. Consiste en tener una gran tristeza ante el bien del prójimo. Así como la caridad se alegra del bien de los demás, la envidia en cambio se siente incómoda, indispuesta, rabiosa cuando alguien está bien o consigue algo apetecible para el envidioso.
Es un pecado capital contra la caridad que termina en odio y rompe muchas relaciones interpersonales y suele darse entre personas de una misma condición social, intelectual, laboral, etc. La envidia tiene cuatro hijas que son la murmuración, la calumnia, el gozo ante lo malo que le suceda a la víctima y la aflicción cuando se da lo próspero en el envidiado.
El envidioso siente desprecio de los éxitos ajenos y lo complementa denigrando y rebajando los méritos del envidiado ante los ojos propios y ajenos. Por eso le atribuye debilidades, faltas y aún pecados y si descubre un fallo grave en el otro, se encargará de propagarlo y aumentarlo.
Nace la envidia de la soberbia, de aquellos que desean un honor desordenado, alabanzas, reconocimientos y desean tener las cosas que otros tienen y como no las poseen, enlodan la fama del envidiado a como dé lugar. Cuando alguien destaca en cualquier campo de la vida, son normalmente los colegas, los cercanos, los que buscarán la manera de manchar y hasta borrar los méritos, desacreditando a la persona sin importar los medios que utilicen.
No soportan que alguien surja, porque eso les hace ver la mediocridad en que han vivido y por eso intentarán 'tapar el sol con un dedo'.
Los maestros de la ley, los líderes espirituales contemporáneos de Jesús lo acusaron de mentiroso, embaucador, blasfemo, loco y de jefe de los demonios. De Él decían que era comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores. Así denigraban al Santo, al Misericordioso, al Hijo de Dios. Es que Jesús con su forma de ser les hacía ver la cantidad de fallos, errores y pecados que cometían los que detentaban el poder religioso de su tiempo.
Entre los muchos motivos por los que se asesina a Jesús, está la envidia de los líderes religiosos ante la capacidad de convocatoria, el respeto que generaba, el poder de su palabra y de sus milagros, que tenía nuestro Salvador.
La envidia hace estragos en la convivencia humana y por eso dice Gálatas 5,26: 'No seamos codiciosos de la gloria vana, provocándonos y envidiándonos unos a otros'. Santiago 3,16 dice: 'Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad'. Recordemos que Saúl 'miraba con ojos de envidia a David' y decidió matarlo a causa de las mujeres que cantaban que mientras Saúl el Rey mataba a cientos de enemigos, David vencía a miles y conquistaba más tierras para el reino (Cfr. 1 Samuel 18,8-9). La envidia es madre y fuente de odio, como el que demostraron a José sus hermanos, intentando con eso matarlo (Cfr. Gen. 37,4). La envidia lleva incluso a cometer el crimen más espantoso, cuando Caín mata a su hermano Abel. La envidia viene de Satanás: 'Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen' (Sab. 2,24).
Dice San Basilio: 'Así como los buitres, que pasan volando por muchos prados y lugares amenos y olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrados por el olor de cosas hediondas; así como las moscas, que no haciendo caso de las partes sanas van a buscar las úlceras; así también los envidiosos no miran ni se fijan en el esplendor de la vida, ni la grandeza de las obras buenas, sino en lo podrido y corrompido; y si notan alguna falta de alguno (como sucede en la mayor parte de las cosas humanas) la divulgan, y quieren que los hombres sean conocidos por sus faltas'. El mismo Basilio dice que 'el envidioso no halla médico para su enfermedad ni puede encontrar medicina alguna que lo libre del mal… El único alivio que espera es el ver caer a alguno de aquellos a quienes envidia'.
Cuidado nosotros con caer en la envidia, porque el gran daño que buscamos nos lo hacemos a nosotros mismos, ya que vivimos concentrados en nuestras víctimas gonzándonos morbosamente cuando fracasan y sufriendo tontamente cuando triunfan. Que el Señor nos dé fuerzas para superar ese mal del alma y si alguno es víctima de un envidioso, que sepa resistir con misericordia y comprensión al que padece de esa enfermedad y que le pida al Señor libere al envidioso porque con Dios podemos sanarnos, ya que con Él somos invencibles.