Usé el GPS de un teléfono inteligente para orientarme a través del adoquinado laberinto de la Ciudad Antigua de Ginebra, al ir en busca de una máquina manual que cambió al mundo más que cualquier otro invento. Cerca de una catedral del siglo XIII, en esta ciudad suiza a la orilla de un hermoso lago, encontré lo que estaba buscando: una imprenta plana de Gutenberg.
“Eso fue la Internet de sus tiempos… al menos tan influyente como el iPhone”, asegura Gabriel de Montmollin, director del museo de la Reforma, jugando con la réplica del gran invento de Johann Gutenberg. Antes de él se necesitaban hasta cuatro monjes, trabajando penosamente hasta por un año en el scriptorium de su monasterio, para producir un libro con plumas de ave y pergamino.
Con el avance de los tipos móviles en la Europa del siglo XV, una imprenta podía producir 3,000 páginas iguales en un día. En poco tiempo, la gente promedio empezó a poder viajar a sitios que le eran desconocidos gracias a los mapas. La información médica se trasmitía con más libertad y rapidez, lo que disminuyó la influencia de los charlatanes, y se podía encontrar el camino a Dios, o el camino para dejar de creer en Dios, con acceso a pensamientos otrora prohibidos.
La imprenta plana ofreció la perspectiva de que los tiranos jamás podrían matar libros o suprimir ideas. La criatura de Gutenberg rompió el monopolio que tenía el clero sobre la escritura. Y años más tarde, azuzados por panfletos salidos de una imprenta como aquella, las colonias inglesas de América se levantaron contra el rey y dieron origen a una nación.
Así pues planteemos una pregunta para este décimo aniversario del iPhone: ¿el dispositivo que quizá sea el más revolucionario de todos los tiempos nos ha dado una sola idea que sea magnífica? Casi todos los avances de la palabra escrita a través de la tecnología han significado también avances para la humanidad.
Claro, podemos afirmar que el iPhone lo cambió todo. Al poner todo el conocimiento registrado del mundo en la palma de la mano revolucionó el trabajo, las comidas, los viajes y la forma de socializar.
Nos hizo más narcisistas –¡Aquí estoy otra vez haciendo cosas sensacionales!– y desencadenó todo un ejército de horribles troles. Ya no tenemos la paciencia de sentarnos a ver un juego completo de pelota sin tener ese alcance en el bolsillo. Y hay otra baja derivada de los más de mil millones de teléfonos que ha vendido Apple en estos diez años: soñar despierto se volvió un arte perdido.
Empero, pese a todo eso, yo sigo esperando a que el iPhone haga lo que hizo la imprenta por la religión y la democracia. Este año también se conmemoran los 500 años de que Martín Lutero publicara sus 95 tesis en contra de la corrupción de la Iglesia Católica en Roma. El museo de Ginebra presenta convincentemente el argumento de que la imprenta abrió más mentes que cualquier otra cosa.
La exhibición del museo –“La imprenta, primeras páginas de una revolución”– cita a Lutero, quien dijo que la imprenta era “el más grande y extraordinario acto de la gracia divina”. Como monje católico renegado, Lutero jamás habría visto sus escritos salir del monasterio, pero gracias a la máquina democratizadora de Gutenberg de 1517 a 1520 circularon unos 300,000 ejemplares de las provocaciones de Lutero.
Igualmente, es difícil imaginar la Revolución francesa o la guerra de independencia de Estados Unidos sin esas voces ilustradas por escrito.
En los albores de la palabra escrita, hará unos cinco mil años, se garabateaban signos en arcilla. Los mensajes en ocasiones eran obscenos, la mayoría de las veces banales. Los griegos nos dejaron humor, tragedia y poesía. Los rollos de papiro eran portátiles; los comandantes romanos los llevaban consigo a modo de los actuales libros de bolsillo, metidos en sus alforjas.
“De la naturaleza de las cosas”, poema del filósofo romano Lucrecio del primer siglo de nuestra era, fue una de las cosas más “peligrosamente radicales” que se hayan escrito, como asegura Stephen Greenblatt en su libro “The Swerve”. Redescubierto y después impreso en las primeras fases del Renacimiento en la imprenta de Gutenberg, ese homenaje poético a la buena vida echó por tierra buena parte de la sombría mentalidad medieval de Europa.
Podemos contar a la Carta Magna, uno de los documentos fundamentales en la evolución de las sociedades libres, y los “Cuentos de Canterbury” de Chaucer, que difundió el inglés coloquial, entre los puntos culminantes en los mil años en que se han producido libros, ya sea con las manos acalambradas de los escribas o impresos con los tipos móviles de madera.
Poco después de que Steve Jobs presentara el iPhone declaró que el libro encuadernado probablemente estaba destinado a acabar en el ático de la historia.
No tan rápido. Después de un período de rápido crecimiento de los libros electrónicos ha regresado algo más cercano al medio de los volúmenes de Chaucer.
La esperanza del iPhone, y de la Internet en general, era que liberaría a la gente de sociedades cerradas, pero el fracaso de la primavera árabe y la constante represión de las ideas en Corea del Norte, China e Irán demuestran que eso no se ha confirmado. Y es más que patético que el líder del mundo libre aproveche su teléfono para insultar mujeres o enviar extraños videos donde aparece él mismo golpeando reporteros imaginarios.
El iPhone aún es joven. Ciertamente es “uno de los productos más importantes, exitosos y que más ha cambiado al mundo en la historia”, como dijo el director de Apple, Tim Cook; pero no sabría decir si el mundo cambió para mejorar con el iPhone –como fue el caso de la imprenta– o si simplemente cambió.
