19/05/2024
12:00 AM

Rebelión en la granja

Juan Ramón Martínez

Jorge Cálix, precandidato presidencial, le ha pedido al coordinador del PLR le inscriba como aspirante a la candidatura de ese partido. Cálix basa su acción en sus conocimientos jurídicos, en la práctica electoral hondureña y en la idea de que el PLR es un “partido democrático”. Hasta ahora, Mel se ha llamado al silencio. Cálix no tiene mucha experiencia política, sus conocimientos de la historia son limitados, por ello no anticipa que el silencio significa un no rotundo.

No anticipa que Mel no lo quiere como candidato del PLR, que más bien usará todos los recursos personales y públicos para preservar esa condición para Rixi Moncada. Tampoco Cálix ha descubierto que en el PLR lo que vale es la lealtad. Dos artículos, uno de Rodolfo Pastor, miembro del Tribunal de Honor; y otro de Leticia Salomón, cercana a las posturas teóricas del PLR, le pueden ayudar a entender que ha irrespetado las reglas “sagradas” y puesto en evidencia el carácter del caudillo. Y, amenazado su superioridad, olvidando que quien piensa y decide lo que es mejor es Mel, líder absoluto del partido. Cálix, en su visión, una respuesta generosa de Mel y no cree que corre el riego que Mel le rompa el espinazo. Cree que puede provocar su fraternidad y al final negociar y conseguir algo de poder político.

Cálix no es un “angelito”. Es otro caudillo que reta al caudillo “máximo”, y pretende eliminarle para ocupar su lugar. Un cuento de Borges puede ser útil. En una pandilla de contrabandistas, un agresivo joven se incorpora a la misma, interviniendo valerosamente. Busca llamar la atención del jefe. Ingenuo, toma decisiones en su nombre, sin atender que aquel no dice nada. Monta, frente a la sorpresa de todos, el brioso caballo del jefe, símbolo de su poder y autoridad. Después, hace bromas de su salud; para al final enamorar a su mujer. Cree que, ridiculizándolo, terminará con el caudillo; y que ha llegado la hora final. En una cena, cuando todos brindan, el jefe lo reta; y él, envalentonado, responde. Se hace el silencio. Para probar su superioridad, el jefe le ordena que abrase a su mujer. Seguro, lo hace. Pero otro bandido que creía que había conquistado para su causa y convertido en aliado suyo para cuando sustituyera al jefe, toma el arma; y le dispara. Antes de morir, sabe que, desde el primer día que llegó, estaba muerto, porque el jefe no perdona a nadie. Y menos a los que le quieren quitarle el poder en forma violenta. Como político, de repente Cálix resiente la lectura de textos literarios. Entonces, le recomiendo “Rebelión en la granja” de George Orwell. Orwell fue un novelista y periodista inglés. Participó en la guerra civil española (1936) combatiendo junto a los republicanos. “Rebelión en la granja” es una novela corta. Una fábula mordaz contra el gobierno soviético. Sátira anti Stalin. Los personajes son “animales”; y dentro de un clima de igualdad revolucionario, con el que se busca crear la sociedad ideal, se establece un orden de camaradería, en que, según el “discurso”, todos son iguales. Poco a poco, se descubre que el pueblo --todos los animales de la granja-- son iguales, pero necesitan al partido para que dirija todo. Y entonces, la autoridad, entre iguales – sostiene el “discurso” de la granja— está representada por el Comité Central, y dentro de este, por el secretario general, quien en última instancia decide -solitario- lo mejor para todos. ¿Todos somos iguales? Sí. Pero unos “somos más iguales que otros”. ¿Entiende, Cálix? El Tribunal Disciplinario, ¿no tendrá redactada su expulsión? ¡Terrible para la democracia!

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