En épocas del apóstol Pablo existía un aforismo que se había hecho muy popular y que aún en este tiempo mantiene en pleno su vigencia. Esta máxima dice que la raíz de todos los males es el amor al dinero (1 Timoteo 6:10). Se debe hacer notar que no es el dinero el malo, sino que conduce al mal cuando se convierte en objeto de un deseo dominante (Donald Guthrie).
Tampoco se insinúa que el deseo desmedido de riquezas es la única causa de la maldad. Sin embargo, como bien señala el teólogo Guthrie, pareciera que dondequiera que el mal ocurre, el amor al dinero está presente de alguna manera o, en su defecto, fácilmente logra mezclarse con ello.
Así, el sexo ilícito genera el negocio de la pornografía y la prostitución; la adicción a las drogas el negocio del narcotráfico; el amor al poder está indisolublemente asociado a él, así como la corrupción, la estafa, la extorsión, el sicariato, la explotación y un sinfín de actividades delictivas, incluida la religión mercenaria.
En Honduras abundan los ejemplos de los efectos destructivos del amor al dinero. Una de las muestras más recientes es el caso de corrupción al interior del Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS).
Lamentablemente se ha hecho imposible saber cuántas han sido las personas que sufrieron o murieron simplemente por la ambición desbocada de unos cuantos.
Siendo sinceros, ningún ser humano está exento de sentirse deslumbrado por los beneficios y las comodidades que las riquezas pueden ofrecer. Creo que hasta el alma más pura en algún momento se ha visto rodeada de ellas.
Sin embargo, se vuelve imperativo dominar este tipo de inclinaciones antes que causen un daño irreparable a uno mismo y a los demás. Y el apóstol Pablo nos da algunas sugerencias al respecto.
Primero, el nacimiento y la muerte nos recuerdan que nada traemos a este mundo y nada podemos llevar, por lo que obsesionarse por las riquezas es en sí una decisión poco sabia (1 Timoteo 6:7). Segundo, el amor al dinero es en esencia una trampa, la cual hunde al ser humano en la pura ruina, destrucción e, inclusive muerte.
Aunque el dinero se disfrute por cierto tiempo, eso no se compara a tener que ser encarcelado, andar huyendo, a agenciarse una mala reputación o a ser asesinado (v. 9). Todas estas no son ganancias sino pérdidas irreparables. Es interesante notar que Pablo indica que la persona, al ceder a la codicia del dinero, se causa a sí misma terribles sufrimientos (v. 10). El dolor es, entonces, autoinflingido, siendo la consecuencia inevitable de amar lo indebido (Guthrie).
Todo esto debe ser suficiente para convencernos de estar contentos con lo que tenemos (v. 6, 8), ya que la felicidad no está en las posesiones. Me decía un vecino que en cierta ocasión un compañero de trabajo lo invitó a huir con un millón de lempiras, producto de las planillas que manejaban. La respuesta de él fue contundente: “yo no voy a hipotecar mi paz y mi tranquilidad por ninguna cantidad de dinero”. De ese tipo de contentamiento es que estamos hablando.
