05/04/2026
12:00 AM

La clave del éxito

“La gracia está por todos lados’, dice el sacerdote mientras agoniza, en la novela Diario de un cura rural, de Georges Bernanos. Sí; con cuánta facilidad pasamos junto a ella, sordos a su melodía” (Philip Yancey).

Es justo ahí donde, a mi juicio, radica el problema: rehusarnos a escuchar dicha melodía. Lo cual, ubicándolo en el contexto bíblico, vendría a ser: no aceptar el regalo de la gracia. Y no sólo no aceptarlo, sino también no valerse de su contenido. Porque hay algunos que lo aceptan, pero nunca lo usan, y el regalo es ubicado en un “estante” del corazón y allí permanece, olvidado, sin uso, hasta que se disipa o se pierde.

Que esto ocurra es lamentable. Porque la gracia tiene tanto poder, tanta capacidad, que no en vano Dios todopoderoso hace uso de ella permanentemente. Pero nosotros somos tan tercos, tan obstinados, que seguimos declinando a reconocerlo. Y basta un solo ejemplo para ilustrarlo: el pecado. O dicho de otra manera: el consentimiento en el mal (Adolphe Gesché). Sabemos, con sobrado uso de razón, que el pecado es algo que nos perjudica, que nos esclaviza, que nos convierte en idólatras, que nos hace dañar a otros, pero preferimos atenderlo a él y a sus mal entonados consejos:

“Discrimina a los demás (con heterofobia, homofobia, o cualquier otra fobia)… Gana enemigos gratis, ¡gratis!, te podés imaginar; ni siquiera es con descuento: ¡gratis!… Sé intransigente… Juzga a los demás; eso es lo único que se merecen (ya que no son ni la sombra de lo que tú eres o a lo que tú llegas)… No le hagas caso a Dios, ¡para qué! Eso es algo obsoleto, y, por ende, complicado… Aparte que tus pensamientos y análisis son los acertados, ni quien lo dude… Siéntete orgulloso, pues, de lo que eres”. Todo esto en lugar de escuchar la “música y letra” de la gracia y el amor, las cuales nos conducen por el buen camino.

Total: preferimos someternos a las reglas promovidas por las lúgubres “líricas” del mal-pecado, a obedecer los criterios enjundiosos sugeridos por las luminosas “letras” creadas por la gracia y el amor, que son los que verdaderamente nos ayudarán a seguir bregando en aquello que realmente le dará sentido y esperanza a nuestra vida.

Por eso, aceptemos el regalo divino y siempre procuremos que se escuche decir de nosotros lo mismo que una vez se dijo de Juan Crisóstomo, cuando Arcadio, soberano de Constantinopla, instigado por su esposa Eudoxia, quiso infringirle un castigo. Para ello, cinco jueces brindaron su consejo:

“Mandadlo al destierro, dijo uno. Quitadle los bienes, añadió otro. Metedlo en la cárcel cargado de cadenas, quitadle la vida… El último, por fin, dijo al emperador: Si lo mandáis al destierro estará contento, sabiendo que en todas partes tiene a Dios; si lo despojáis de sus bienes, no se los quitáis a él sino a los pobres; si lo encerráis en un calabozo, besará las cadenas; si lo condenáis a muerte, le abrís las puertas del cielo… Hacedle pecar: No teme más que al pecado” (Jaime Pujol Balcells y Jesús Sancho Bielsa).