24/08/2026
12:52 AM

La carrera gloriosa

Contaba una madre la siguiente historia: Hace unos meses, cuando recogía a los niños del colegio, otra madre a quien conozco bien se me acercó. Estaba histérica y muy indignada.

“¿Sabes lo que tú y yo somos?” me preguntó antes que yo pudiera darle una respuesta, la cual, a la verdad, no sabía cuál era.

Parece que ella recién venía de renovar su licencia de conducir en la oficina de tránsito, y cuando la oficial que tomaba los datos le preguntó cuál era su ocupación, ella no supo qué responder.

Al percatarse, la oficial le dijo: “A lo que me refiero es a si trabaja o es simplemente una...”

“Claro que trabajo”, le contestó, “soy una mamá”.

Y la oficial concluyó: “No ponemos mamá como opción, vamos a ponerle ama de casa”.

El ser madre es una responsabilidad muy grande e importante que Dios elige concederles a muchas mujeres. Una responsabilidad, se podría decir, que acarrea incontable trabajo que fácilmente pasa desapercibido para el ojo humano pendiente únicamente de los nombres (o títulos) y de los resultados: dinero, éxito académico, desarrollo laboral fuera de casa, etc. Por eso es que en el relato de arriba “el trabajo”, de ninguna manera, podía estar relacionado con esa opción que ni siquiera era apta para escribirse en el papel: mamá. Pero sigamos con el relato.

Había olvidado por completo la historia, hasta que un día me pasó exactamente lo mismo; sólo que esta vez en la oficina de la municipalidad.

“¿Cuál es su ocupación?”, me preguntó la “interrogadora oficial”.

¿Qué me hizo contestarle esto? No lo sé. Las palabras simplemente salieron de mi boca: “Soy una investigadora asociada al campo del desarrollo infantil y relaciones humanas”.

La funcionaria se detuvo. El bolígrafo quedó congelado en el aire, y me miró como si no hubiese escuchado bien.

“¿Me permite preguntarle...”, dijo a continuación, con aire de interés, “qué es exactamente lo que hace usted en este campo de investigación?”.

Con voz sosegada y contenida, contesté: “Tengo un programa continuo de exploración (qué madre no lo tiene) en el laboratorio y en el campo (normalmente me hubiera referido a esto como adentro y afuera de la casa). Estoy trabajando para mi maestría (la familia completa) y ya tengo cuatro créditos (todos mis hijos). Por supuesto que el quehacer es uno de los que mayor demanda tiene en el campo de humanidades, y usualmente trabajo 14 horas diarias (si bien se pueden extender a casi 24). El trabajo cuenta con muchos más retos que cualquier trabajo sencillo, y las remuneraciones más que solamente económicas”.

Se podía sentir una creciente nota de respeto en la voz de la funcionaria, mientras completaba el formulario. Una vez acabado el proceso, se levantó y personalmente me acompañó a la puerta. ¡Me sentí triunfante! ¡Le había ganado a la burocracia!

Sin duda: la maternidad, ¡qué carrera más gloriosa! Nunca desaprovechemos la oportunidad de darle a su dueña el título que se merece. No solo en el día de su “graduación” (el día de la madre), sino siempre. Levantándonos, como dice el proverbio hebreo, y llamándola bienaventurada, mujer virtuosa. Reconociéndole constantemente su labor, su esmero, su amor. Un amor que no dice “¿quieres?” sino “toma”; “sírveme” sino “sírvete”.