La respuesta global a los conflictos y abusos de los derechos humanos revela dinámicas psicológicas y sociopolíticas complejas. ¿Por qué será que los activistas occidentales parecen dar más importancia a la situación de los palestinos que al genocidio en Darfur? ¿Por qué será que nuestros gobiernos dan menor importancia al genocidio de los africanos que al genocidio de los mediterráneos?
El conflicto israelí-palestino tiene raíces históricas profundas y ha sido un tema internacional prominente desde mediados del siglo XX.
La creación de Israel en 1948, las guerras subsiguientes y las disputas en curso han mantenido el conflicto en el foco global.
La frecuente cobertura mediática, incluidas las imágenes e historias de sufrimiento en ambos lados, ha impregnado el conflicto en la conciencia pública occidental.
En contraste, el genocidio en Darfur, que sucedió en 2003 y ahora resurgió en 2024, ha recibido una atención mediática significativa, pero menos sostenida.
Mientras que los informes iniciales de matanzas masivas y crisis humanitarias provocaron indignación, la cobertura ha sido muy poca. La lejanía geográfica de Darfur y la complejidad de su panorama étnico y político lo hicieron menos accesible y comprensible para la prensa global.
La naturaleza episódica de la cobertura probablemente contribuyó a un perfil más bajo en la conciencia colectiva de los activistas occidentales.
Los intereses geopolíticos occidentales y las alianzas estratégicas también juegan un papel crucial en la configuración del enfoque del activismo.
El conflicto israelí-palestino involucra a un aliado clave de Occidente, Israel, que recibe un apoyo militar y económico sustancial de Estados Unidos y otras naciones occidentales.
Los intereses políticos y económicos en el Medio Oriente, incluidos los intereses petroleros y la estabilidad regional, aseguran que el conflicto siga siendo una prioridad en la agenda internacional.
El mismo Joe Biden dijo una vez “si no hubiese una Israel, tendríamos que inventar una,” aludiendo a la importancia para el gobierno norteamericano de mantener una presencia militar en la región. Ahora bien, Sudán, donde se encuentra Darfur, no tiene la misma importancia estratégica para las potencias occidentales.
Los intereses geopolíticos en Sudán son relativamente limitados, lo que reduce el incentivo para un compromiso político y activista sostenido.
El genocidio en Darfur, a pesar de su severidad, no movilizó a las élites políticas y militares occidentales en la misma medida que el conflicto israelí-palestino. John Mearsheimer, un exitoso erudito del realismo defensivo, argumentaría que Occidente no tiene ningún interés en intervenir en una región rodeada de estados fallidos como lo son la República Central Africana, la República Democrática del Congo y Chad. La psicología humana también juega un papel fundamental en cómo se perciben y priorizan los conflictos.
El concepto de “proximidad psicológica” sugiere que las personas tienen más probabilidades de empatizar con aquellos que perciben como similares o conectados con ellos.
El conflicto israelí-palestino, que involucra a un aliado occidental y una región cultural y religiosamente significativa, puede parecer más cercano a los activistas occidentales que el conflicto distante y menos familiar en Darfur. Cabe decir que Darfur es también una sociedad de negros, mientras que en el Levante se encuentra una población significativa de blancos, un factor que seguramente influye en la disparidad de empatía observada en una Europa y una Norte América de mayorías blancas.
El activismo a menudo está impulsado por la identidad y las dinámicas de grupo. El conflicto israelí-palestino resuena con varios grupos ideológicos, religiosos y políticos en Occidente.
Por otro lado, los europeos enfatizan el holocausto como algo que ellos mismos promovieron, ahora comprometidos a defender la tierra de los judíos pase lo que pase.
Estas fuertes posiciones impulsadas por la identidad alimentan un activismo y un debate sostenidos.
En cambio, el conflicto en Darfur carece de una base activista similarmente comprometida y diversa. Si bien las organizaciones de derechos humanos han destacado el genocidio, no ha galvanizado un movimiento amplio y sostenido en múltiples grupos de identidad e interés en Occidente.
La ausencia de una conexión ideológica o de identidad profundamente arraigada con Darfur contribuye a la disparidad en el compromiso activista.
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