El primer día completo que estuvo en el cargo, el presidente Donald Trump arengó al Servicio Nacional de Parques porque las fotos de su toma de posesión no fueron muy halagüeñas, y quiso lucirse durante una visita a un monumento a verdaderos héroes, cacareando las muchas veces que ha estado en la portada de la revista Time.
Y antes de que terminara la primera semana, ya había prohibido temporalmente la entrada en Estados Unidos de refugiados, suspendió la inmigración de varios países predominantemente musulmanes y decretó que los cristianos tendrían preferencia sobre los musulmanes a la hora de decidir qué extranjeros entran y cuáles no.
Al ver esto me sentí desconsolado por nuestro país, pues están en juego sus valores más fundamentales y pretensión de liderazgo moral.
Pero después hablé con mi amiga Maya Rao y sus hermanas y me sentí un poquito mejor. Sentí orgullo y esperanza.
Ellas son precisamente el tipo de estadounidenses que se sienten tan insultadas y amenazadas por Donald Trump. Y son precisamente el tipo de personas que hacen que este país sea tan especial y que hacen que me sienta lleno de un orgulloso amor por él. Este país les dio un hogar y un horizonte que no pudieron encontrar en ningún otro lado. Y ellas lo atesoran tanto que lo defienden.
El sábado de la semana pasada, ellas se despertaron en Nueva Jersey a las 3:30 de la madrugada, para tomar un camión que salía a las 5:00. Después viajaron cuatro horas para llegar a Washington y asistir a la marcha de las mujeres.
| Ilustración: Fabo
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Maya, de 41 años, nunca antes había hecho algo como esto. Tampoco su hermana mayor, Mythili Lahiri, de 44, ni la menor, Meera Oliva de 39 años. Nada de marchas nacionales, nada de manifestaciones en la calle, nada de blandir pancartas ni corear lemas.
Hasta hace poco, ellas pensaban que bastaba con mantenerse al día con las noticias y emitir su voto de conformidad con su apoyo al Partido Demócrata. Parecía que no había tiempo para nada más. Tenían una carrera profesional exigente. Tenían tres hijos cada una. Tenían marido.
Una hora extra de sueño es un lujo. ¿Dos horas? Una fantasía.
Y entonces, Trump. Como mujeres, se quedaron boquiabiertas ante su sexismo.
Como indo-estadounidenses de primera generación, ellas se estremecieron ante la disposición de Trump para satanizar a la gente de color de ascendencia asiática, africana o latina.
“Me siento devastada”, me dijo Maya. “Para mí, la aceptación de la diversidad es una de las cosas que hace grande a este país. Esta elección está destruyendo eso. Y eso hace que yo salga a la calle.”
No es nada alentador lo que hemos visto en la Casa Blanca en esta fase inicial del gobierno de Trump. No ha ocurrido la tan prometida adopción de un comportamiento presidencial y, por lo visto, jamás va a ocurrir. Eso está muy lejos de sus capacidades. Es algo ajeno a su psicología. Él es puro ego y cólera, con un vínculo de los más vagos con la realidad.
Pero hemos estado viendo algo más –algo más optimista–, más allá de la Casa Blanca: un despertar en mucha gente que antes era confiada, complaciente o distraída. Eso es lo que han demostrado las protestas en todo el país, aunque no está claro si se van a traducir en acciones consecuentes y convertirse en una póliza de seguro contra los daños que pueda causar Trump. Las tres hermanas están tratando de averiguarlo.
Ellas están asustadas. Mythili me dijo que la preocupa la idea misma de que el país esté en peligro al ver a Trump y a la gente que lo rodea rechazar la ciencia, construir realidades alternas y tratar de silenciar a quienes les ponen reparos.
“Creemos en la libertad de expresión”, dice refiriéndose a todos los estadounidenses. “Creemos en los hechos. Creemos en la transparencia. Y lo que él está haciendo es una cuesta abajo hacia un país que yo no reconozco y en el que no quiero vivir.”
Conozco a Maya desde hace más de cinco años; tuve una larga cena con Mythili en una ocasión y he hablado repetidas veces por teléfono con Meera. Ellas son ferozmente inteligentes, las tres. Son contagiosamente optimistas. La risa de Maya es tan sonora y larga como cualquier que he escuchado. La anhelo, la disfruto y la envidio.
Ellas crecieron en Texas, cosa que Mythili recuerda como “una temporada brutal”. En su escuela, nadie se parecía a ella. Nadie tenía las mismas tradiciones de su familia, el vegetarianismo, por ejemplo. En una ocasión, en una clase de nutrición, la profesora le pidió al grupo que llevara un registro de comidas. Cuando la profesora vio el suyo, enfrente de todos los otros chicos, se quedó boquiabierta. “¿No comiste nada de carne?” Después opinó que los padres de Mythili la estaban dejando desnutrida.
Después se fueron a vivir a los suburbios de Nueva York. Su madre murió cuando eran muy jóvenes. Su padre las impulsó a la excelencia, con el deseo de que tuvieran todas las oportunidades. Para sus estudios universitarios, Mythili fue a Barnard y Maya y Meera, a Brown.
Mythili da clases en una escuela privada de Nueva jersey. Maya es médica y trata a personas en desventaja económica en un hospital de Manhattan. Meera es jefa de mercadotecnia de una empresa cerca de su casa, en los suburbios de Boston.
Ellas pagan impuestos a una tasa alta como corresponde a una pareja próspera con dos fuentes de ingreso. A sus hijos les imbuyen el sentido del logro. Contribuyen con su país. Lo halagan.
Pero la campaña de Trump las asombró. “¿Quién habla de esa manera?”, se preguntó Mythili, quien considera que él promueve “la deshumanización de cualquier persona que sea diferente a él. Tiene el concepto de que solo existe una definición de lo que es ser estadounidense: blanco, varón y armado con una pistola.”
Meera expresó sus pensamientos en un diario sobre la marcha de las mujeres, que después aportó a Yahoo News. Ella escribió esto:
“Soy una mujer de color, hija de inmigrantes, esposa de un hombre latino y madre de hijos multiétnicos. Y tomo como algo muy personal la elección de un hombre que basó toda su campaña en la retórica anti-inmigrante, al tiempo que adoptaba desvergonzadamente posturas racistas y misóginas.”
Así pues, ella hizo el viaje a Washington –cuatro horas de ida, otras cuatro horas de regreso– pese a que nunca antes había hecho algo como eso. Pero asistió y cargó una pancarta que decía: “Los derechos de las mujeres son los derechos humanos”. El letrero de Maya, muy acorde con su profesión en medicina, decía: “La atención médica es un derecho, no un privilegio”. Y el de Mythili decía simplemente: “E pluribus unum”. De muchos, uno.
Las hermanas me dijeron que normalmente, una multitud tan densa como la de ese día las habría puesto nerviosas. Pero no esta muchedumbre. “Si por accidente golpeaba a alguien en la cabeza con mi letrero, siempre me decía que no había problema, que estaba bien”, recuerda Meera.
Maya relata que alguien empezó a cantar “The Star-Spangled Banner” y que las demás marchistas la siguieron, sin importar si desafinaban o no.
Regresaron a Nueva Jersey a las 10 de la noche. Cuando Meera vio los comentarios hechos a su nota en Yahoo, se le heló la sangre:
“Cuando muchas vacas marchan en la misma dirección se llama estampida.” “Marchando por la sharía en Estados Unidos; ¡montón de idiotas inútiles!” “Si quieren cosas gratis, váyanse a Canadá. O mejor aún, a cualquier país café.” “¿Qué hay con esos hombres que marcharon? ¿Se sientan para orinar?”
¡Ah, Internet!
Con el deseo de hacer todo lo que pueda, Mythili recientemente habló a la oficina de los dos senadores de su estado –Cory Booker y Robert Menendez– para registrar su oposición a dos de los nominados al gabinete de Trump, Rex Tillerson y Betsy DeVos. Nunca antes había hecho algo así tampoco.
Pero estos no son tiempos usuales. Y con una semana de gobierno Trump, eso está más claro que nunca.
