Reconociendo nuestra incapacidad ante la magnitud de Dios, el apóstol Pablo escribió: “¡Qué grande es la riqueza, la sabiduría y el conocimiento de Dios! ¡Es realmente imposible para nosotros entender sus decisiones y sus caminos!
Pues ¿quién puede conocer los pensamientos del Señor? ¿Quién sabe lo suficiente para aconsejarlo? ¿Y quién le ha entregado tanto para que él tenga que devolvérselo?” (Romanos 11:33-35 NTV).
De la misma manera, el profeta Isaías acertadamente resumió nuestra imposibilidad de conocer plenamente a Dios de este modo: “Mis pensamientos no son tus pensamientos, ni tus caminos mis caminos, dice Jehová” (55:8).Pero Dios quiere que le conozcamos: “Por eso, este será mi nuevo pacto... Ya no hará falta que unos sean maestros de otros, y que les enseñen a conocerme, porque todos me conocerán, desde el más joven hasta el más viejo (Hebreos 8:10-11 TLA). ¿Cómo hacemos, entonces, con este aparente problema?
El apóstol Juan nos da la respuesta. Él dice: “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer” (1:18 NVI).Si vemos el contexto inmediato anterior del versículo nos damos cuenta de que el Hijo unigénito es Jesús: “Dios nos dio a conocer sus leyes por medio de Moisés, pero por medio de Jesucristo nos hizo conocer el amor y la verdad.
Nadie ha visto a Dios jamás; pero el Hijo único, que está más cerca del Padre, y que es Dios mismo, nos ha enseñado cómo es él” (vv. 16-18 TLA).En pocas palabras: nuestra imperfección, finitud y limitantes ciertamente nos impedirán entender todo acerca de Dios, pero el apóstol Juan nos asegura que, si conocemos a Jesús, en quien se cumple el nuevo pacto, lo conocemos a Él. La pregunta ahora es: ¿conocemos ya al Hijo unigénito? Si aún no, como dice la canción: “¡Vengamos a Jesús! Nos perdemos lo mejor”.