¡En vida, hermano…! Es una frase utilizada a través de cualquier época y sociedad, debido a que la humanidad por naturaleza aprecia más hasta cuando la persona está muerta.
En vida, poco aprecio, empezando en la familia con los padres que se sienten que hacen más falta hasta cuando ya han fallecido, y de igual manera otro ser querido, amistades, compañeros o personas en general.
Estamos de acuerdo y respetamos las diferentes tradiciones de celebraciones que tienen los diferentes pueblos del mundo, pero quizá entre los más impresionantes está el Día de los Muertos.
El 1 de noviembre, dedicado a los santos difuntos, y el 2 de noviembre a los adultos, los cementerios se convierten en los lugares más concurridos y cada cultura celebra a su manera.
En América es una herencia de la Iglesia Católica y la historia precolombina señala que fue en México donde comenzaron esas celebraciones con distintas maneras de acuerdo con el lugar y sus habitantes.
En Honduras, uno de los primeros grupos étnicos en celebrar han sido los lencas, que aún guardan muchas prácticas antañonas y su famosa letanía: “ánimas somos, del cielo venimos, ayote pedimos; si no nos dan, no cosecharán”.
Son los días donde las flores, coronas, comidas, bebidas y mariachis se convierten en un buen comercio en estas fechas del año.
En los principales cementerios de la nación, en especial los de Tegucigalpa y San Pedro Sula, algunas culturas como los asiáticos llevaban comida y bebida a sus difuntos y las dejaban en las tumbas.
No obstante, en las últimas épocas debido a las crisis había gente que se llevaba esos alimentos y bebidas, además de las flores y coronas, especialmente. Entre las últimas denuncias del irrespeto a los santos difuntos es que los “muertos” votan en un país llamado Honduras.