Al entrar a ese cuarto grande de Medicina Interna, el único que cuenta con aire acondicionado, sentí el correr de los internos y las enfermeras, el ruido del monitor cardíaco al fondo, la angustia en las caras de los familiares que al verme llegar mostraban en sus ojos el deseo de una esperanza con la nueva doctora que se avecinaba.
Son esas miradas que muchas veces nos dan fuerzas y deseos de servir, pues ellos son los menos afortunados, y nosotros los afortunados en tener la habilidad de proveer una ayuda y una esperanza. Me acerqué a los internos: “Buen día muchachos, nos espera una larga y bonita mañana”, comenté.
Los internos algunos de ellos post turno, con más de 24 horas sin descanso, me ven con media sonrisa y con una cara llena de sarcasmo. Iniciamos el pase de visita, teníamos cincuenta y tres pacientes esperando y aproximadamente 6 horas para verlos; siendo un poco estrictos y haciendo un poco de matemática, esto significaba que tenía 6.7 minutos por paciente.
De antemano sabía que no habría tiempo para mucho detalle, tendría que apoyarme en la información de mis internos practicantes, ni para explicarle al paciente y mucho menos a sus familiares lo que estaba pasando o el plan a seguir, tenía 53 pacientes muy enfermos que atender.
Ciertamente ya había tenido días difíciles como éste pero fue la paciente de la cama 10 que lo complicó todo. Al paso de visita, me presentan aquella paciente humilde, acostada con un vestido sencillo y desgastado que claramente expresaba la pobreza de la cual provenía.
Mientras el interno me narraba su historia, veo su expediente y solo una mirada a sus laboratorios bastó para darme cuenta de su gravedad y exclamé: “Esta paciente necesita diálisis urgente”. Volteo a la derecha y como caído del cielo, el nefrólogo. “Doctor” exclamé, “mi paciente necesita diálisis”.
El nefrólogo la vio y ambos en común acuerdo llegamos a un buen plan de tratamiento mientras la preparábamos para diálisis. En la puerta un muchacho bajito, blanco de unos 27 años, de buen parecer, tratando de ver a su madre tras esa puerta de vidrio apañado, esperando que alguien se acercara para explicarle la condición de su madre.
Su angustia me hace interrumpir la visita y tomar unos minutos para explicarle que su mamá estaba delicada pero a mi opinión con el tratamiento y la diálisis sus posibilidades serían buenas. Terminada la visita de adentro, me encaminé al pasillo, un paciente tras otro y otro.
Como a las 11 am: “doctora tenemos una paciente en paro”, mientras corría hacia la sala iba recordando los pacientes que tenía en esa área, “¿qué paciente será? Seguramente el de la cama 7 u 8. Al acercarme, vi a mis internos tratando de resucitar a mi paciente de la cama 10. No lo podía creer, era la paciente de la falla renal. Mientras los internos aplicaban maniobras de resucitación me doy cuenta que no se le han aplicado los medicamentos a la paciente.
Con indignación y enojo, pregunte: ¿Qué pasó con el suero? ¿Qué pasó con el gluconato de calcio? ¿Qué pasó con las nebulizaciones? No veo ningún medicamento a su lado y ya hace más de tres horas que los pedí”. La enfermera contestó rápidamente: “Doctora el hijo se fue a comprar los medicamentos y aún no regresa”.
En ese momento, como muchos momentos en el Catarino, sentí un nudo en mi estómago y un sentimiento de tristeza, desolación y enojo al darme cuenta que probablemente ya era demasiado tarde. Una vez más por no tener a tiempo los medicamentos, una vez más se me muere un paciente por una “estupidez”. En la entrada de la sala estaba su hijo con una bolsa llena de suero y medicamentos.
San Pedro Sula, Honduras.
