Era un día como cualquier otro y los alumnos de octavo grado se alistaban para su clase de educación física. El profesor sonó su silbato y llamó a todos a acercarse al trampolín. Los ojos del maestro se pasearon viendo las caras de los muchachos. Luego de una pausa dijo: “Timoteo, quítate los zapatos, déjate los calcetines, sube al trampolín y sigue mis instrucciones”. El chico desató sus zapatos con mucho nerviosismo y subió al trampolín, dejando ver amplios agujeros en sus calcetines por donde asomaban con timidez varios de sus dedos. Una avalancha de burlas se vino sobre el joven y, a pesar de que el entrenador les ordenó que dejaran de molestar, el daño ya estaba hecho. Ese evento iba a acompañar a Timoteo por el resto del año, y probablemente en toda su estadía en la secundaria.

Cuando terminó la clase, que había sido eterna para el afectado, el profesor los despachó, dirigiéndose rápidamente a su oficina. Cuando el muchacho estaba a escasos metros del aula para su próxima clase,escuchó que lo llamaban: “Timoteo, espera”. Era el profesor de educación física. Lo llevó a una pequeña sala y le dijo: “¿Sabes por qué te pedí que fueras el primero en hacer los ejercicios en el trampolín? Porque pienso que eres uno de mis alumnos más ágiles. Además... ¡Mira!”. El maestro, entonces,le mostró uno de los calcetines que llevaba puesto, el cual tenía un pronunciado hoyo por donde salían alegremente dos de sus dedos. Luego añadió: “No hagas caso a las burlas, nosotros los tipos ágiles tratamos duro a los calcetines. Tranquilo, vuelve a clases”.

Timoteo cuenta que ese incidente le cambió la vida. Le ayudó en su autoestima y le proveyó de herramientas para no hacer caso a las críticas destructivas. Varios años después, a él se le informó que aquel día el profesor no tenía su calcetín roto, sino que había corrido rápidamente a su oficina para hacerle el hoyo y luego hablar con el chico para animarlo. Ese es el poder de la empatía. Un tan solo acto puede cambiar positivamente la vida de una persona, para siempre.