El autor Wayne Rice nos cuenta que, en Nueva Zelanda, un país conocido por su industria ovina, y cuyas hermosas y verdes colinas están repletas de blancas ovejas por todas partes, durante la temporada anual de parto, miles de corderitos son nacidos. Desafortunadamente, varios de ellos mueren al nacer. Algunas ovejas madres también se pierden durante la temporada de parto; mueren dando a luz. De ahí que, para poder salvar a los corderos huérfanos, los pastores unen a los corderitos que han perdido a sus madres con las ovejas madres que han perdido a sus corderos. Sin embargo, no es tan fácil como parece: una oveja madre no aceptará a un cordero ni le amamantará nunca a no ser que lo sienta como el suyo propio.
¿Cómo, entonces, pueden los pastores lograr que una oveja madre acepte un cordero huérfano como el suyo propio? El proceso es el siguiente. El cordero muerto de la oveja es desollado y su piel es colocada sobre el cordero huérfano para luego ubicar al animalito al lado de la madre adoptiva. La oveja madre huele entonces la piel y acepta al cordero huérfano como el suyo propio.
Como bien señala Rice, la temporada de parto en Nueva Zelanda nos recuerda lo que Jesús hizo en la cruz. Por la sangre de Cristo, Dios nos acepta como suyos. Consecuentemente, los creyentes, que una vez éramos huérfanos, ahora somos hijos adoptivos de Dios. “Pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Entonces, hemos sido hechos justos a los ojos de Dios por la sangre de Cristo” (Romanos 5.8-9, NTV). “Pues ustedes saben que Dios pagó un rescate para salvarlos de la vida vacía que heredaron de sus antepasados. No fue pagado con oro ni plata, los cuales pierden su valor, sino que fue con la preciosa sangre de Cristo, el Cordero de Dios, que no tiene pecado ni mancha” (1 Pedro 1.18-19, NTV). Y usted, querido lector, ¿ya ha puesto su fe en Cristo, el único que puede hacerle acepto delante de Dios?