Abróchense el cinturón

  • Actualizado: 25 de agosto de 2026 a las 00:10 -

Hay dinero que se presta y dinero que se cobra, y entre esos dos verbos ha transcurrido siempre la historia de los pueblos pobres. En 1979, Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal, decidió matar la inflación gringa encareciendo el dinero hasta el extremo: llevó la tasa de referencia a casi 20 %. Funcionó para Washington. Para América Latina fue una sentencia.

Los países endeudados en dólares durante los años del petróleo barato descubrieron, de la noche a la mañana, que sus deudas se habían vuelto impagables. Lo que siguió se conoce, sin metáfora posible, como la década perdida: fuga de capitales, hiperinflación, ajustes dictados desde el norte y una generación entera que entró al mercado laboral en el peor momento posible.

Cuento esto porque el mundo, otra vez, empieza a abrocharse cinturones que nadie nos preguntó si queríamos usar.

El 18 de agosto pasado, la deuda pública de Estados Unidos rebasó los 40 billones de dólares, más del doble de lo que era hace menos de una década. Solo los intereses de esa deuda cuestan ya cerca de un billón de dólares al año: casi el 14 % del gasto federal se va, sin construir un puente ni pagar un maestro, en servir lo que se debe. Para financiar ese apetito, Washington necesita vender más bonos y, para venderlos, ofrecer una tasa cada vez más atractiva.

Ahí entra el segundo actor de esta historia: la inteligencia artificial. Las grandes tecnológicas han emitido en lo que va de este año cerca de 1.5 billones de dólares en bonos corporativos, o sea, un 36 % más que el año pasado, para financiar centros de datos que prometen, algún día, pagarse solos. Ese apetito compite directamente con el del Tesoro por el mismo dinero prestable, y los analistas ya le han puesto nombre al fenómeno: el efecto de desplazamiento inverso.

Cuando dos deudores gigantes, un gobierno y un puñado de empresas obsesionadas con la próxima revolución, pelean por el mismo bolsillo de inversionistas, el precio del dinero sube para todos.Y como si no bastara, los prestamistas de siempre empiezan a irse. Japón, China y el Reino Unido redujeron sus tenencias de bonos del Tesoro en 61 mil millones de dólares en un solo mes; Japón, el mayor tenedor extranjero, con casi un billón de dólares en papel americano, ve más atractivo prestarle a su propio gobierno que al de Washington. Cuando el comprador se cansa, el vendedor sube el precio. Ese precio, en este negocio, se llama tasa de interés.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el hondureño que hoy solicita un préstamo para el carro, la casa o el negocio? Todo. Nuestra deuda pública ya alcanza el 46.4 % del producto interno bruto, y un tercio de ella está atada a tasas variables que suben cuando sube la tasa gringa. Cada punto porcentual que la Reserva Federal no toca, pero el mercado empuja hacia arriba, Honduras lo termina pagando en menos escuelas, menos carreteras, menos margen para lo que de verdad importa.

Vivimos, seamos honestos, en la misma adicción que criticamos en otros: gobiernos de todo signo político que prometieron romper con la dependencia del dinero prestado y, en la práctica, la profundizaron.Quizás no exista ya un “después de esta crisis” al que volver, sino un nuevo normal de deuda perpetua y dinero caro que simplemente aprenderemos a habitar, como se aprende a vivir con una gotera que nunca se termina de arreglar. La generación que hoy tiene veinte y tantos años, la mía, pagará esta cuenta en cuotas silenciosas durante décadas.

¿Estamos dispuestos a preguntarnos, antes de que suene la próxima alarma, quién decidió que esta hipoteca generacional era el precio inevitable de seguir jugando el mismo juego?

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