Civismo en crisis

Es la semana de las fiestas patrias y esta vez deberían ser aún más especiales por tratarse del bicentenario de la independencia. Pero el ambiente que se percibe en Honduras es cualquier cosa, menos de celebración. La situación de pandemia por covid-19 y la cercanía de las elecciones generales de noviembre tienen influencia.

Pero más allá de las condiciones que impone el momento por el que transitamos, lo cierto es que la población hondureña se encuentra polarizada, no de ahora, sino de años atrás. Con el tiempo, las diferencias de carácter político, económico y social se han profundizado, convirtiéndonos en una nación fragmentada.

El civismo, entendido como el “celo por las instituciones o intereses de la patria” o “el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública”, ambas definiciones del Diccionario de la Real Academia Española, parece estar en crisis.

Basta con observar que ni siquiera somos capaces de establecer un acuerdo general sobre el tono del color azul de la bandera nacional. Con motivo de la celebración del día de este símbolo patrio la conversación colectiva en redes sociales estuvo fuertemente impregnada del tema.

¿Pálido azul, azul turquesa, o azul nacionalista? Esa era la discusión, al mismo tiempo que veíamos las más extrañas ceremonias, en las que la bandera era un objeto decorativo más, incluso la vimos convertida en un mantel que se extendía hasta el piso.

Así, observamos que cada vez es más difícil generar mínimos consensos, aún sobre aquello que no debería provocar tanta controversia. Pero la confianza (que se marchó hace tiempo) ha dejado un enorme vacío que los hondureños buscamos llenar a base de especulaciones y teorías de todo tipo, bajo la frase “Aquí todo es posible”.

En un par de décadas hemos visto el deterioro de las promesas, de los juramentos sobre el respeto a la Constitución y las leyes. Hemos observado cómo la impunidad ha ido acabando con el sueño de vivir en un país en el que impere la ley, como base para la convivencia pacífica.

La corrupción y la impunidad han socavado la confianza, llevándonos a la situación en la que nos encontramos, en un abismo profundo.

En el bicentenario de la independencia vale la pena reflexionar sobre aquellas situaciones que nos encadenan y no nos permiten evolucionar hacia el futuro: la corrupción flagrante, la impunidad, el cinismo y en muchos casos la indiferencia con el destino colectivo.

Hemos comprometido el futuro compartido al ser partícipes activos o por omisión, por dejar hacer y dejar pasar, unos con mayor responsabilidad que otros de acuerdo con el nivel de sus decisiones y los impactos de ellas.

Independicémonos de una vez de la miseria de pensamiento y de acción, que nos convierten en egoístas, pensando solamente en el bienestar propio y comprometiendo el de muchos.

Veamos hacia el futuro, pensando quiénes pueden guiar de mejor manera a una nación como la nuestra. ¿Qué planes tienen y cuáles son los objetivos que persiguen?

La patria se honra todos los días; el deseo de tener un país fuerte y próspero se construye con hechos, no con ilusiones sin fundamento. Abramos los ojos y la mente, que el mejor tributo que podemos rendir a Honduras es la participación ciudadana. Los grandes desafíos del país nos aguardan, que las fiestas patrias sean un momento para reflexionar sobre lo que viene.