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De muerte a vida

En la columna anterior hablábamos de la desdicha que representa para el planeta y para el ser humano la polución (o contaminación intensa y dañina del agua y del aire). “Ya tenemos las estadísticas del futuro”, decía G. Grass: “Altos porcentajes de contaminación, desertificación, sobrepoblación. El futuro ya está aquí”. Este “ya está aquí”, entonces amerita hacer algo, ya que el hecho o acontecimiento que resultaría de no hacerlo sería más contaminación intensa y dañina, más desertificación, más destrucción… una extraña forma de suicidio, diría Gerald Durrell. En ese sentido, se me vienen a la mente dos ejemplos atrayentes. Uno viene del arquitecto Henry Gunawan Tjhi, que me contaba de esta casa que diseñó con ventanales y tragaluces ubicados estratégicamente. El resultado: un lugar de habitación perfectamente ventilado e iluminado de forma natural que ahorra el uso de energía eléctrica. Y el otro viene de un video que se titula “El emocionante viaje de la basura” (The Exciting Journey of Trash), donde se nos cuenta que mucha de la basura que se tira al exterior tarda cientos de años en descomponerse; pero que en Singapur hallaron la forma de hacerlo en un día. ¿Cómo? Quemándola en una planta de incineración y con ello generan electricidad. Y aquí viene la parte emocionante del título: el humo que genera dicho proceso no daña el medio ambiente porque una chimenea lo limpia y lo convierte en aire puro. Interesante, ¿no les parece? Ahora bien, puede ser que nosotros individualmente no tengamos la posibilidad de hacer algo grande como esto, pero sí podemos hacer algo. Por ejemplo, interesarnos, poner en práctica la teoría o los consejos ecológicos, inculcarlos en las nuevas generaciones, ser creativos, ser diligentes, ser responsables, ser equitativos y sensatos. Como lo escribiera alguien en el blog de ciencia, educación, cultura y estilo de vida Lifeder: “El planeta nos pertenece a todos, pero la decisión de cuidarlo solo es tuya”.