Más noticias

San Pedro Sula por siempre

Ocasionalmente vienen a mi memoria algunos recuerdos de mi niñez cuando acostumbraba a caminar de la mano de mi padre por el parque de San Pedro Sula al final de la década de los sesenta. Una ciudad tranquila y apacible. Las personas llevaban sus vidas en tranquilidad y eran solidarias. Había respeto. Las familias eran celosas de su intimidad. Y tenían un gusto especial para ser honorables. No había confrontación pública. Existía la moral.

La tercera avenida y la primera calle dividían la ciudad en 4 puntos cardinales perfectos. Abundaban los árboles. La Catedral ya se imponía majestuosa enmarcando el parque central. “La zona del comercio” se limitaba al área adyacente a la municipalidad.

La farmacia Simán, la librería Atenea, el Pasaje Valle, el supermercado Fransen, la Botonia, el almacén de Karim Kawas, el de Jorge Larach, eran los comercios insignes en aquella época. El cine Tropicana, el salón Beall, el salón Camagüey, el Casino Sampedrano eran los centros de esparcimiento de la juventud. El Gran Hotel Sula abría las puertas como el más moderno de la ciudad.

Fue una buena época. Recordarla es como ver una postal en blanco y negro donde todo encaja perfectamente en armonía, paz y languidez.

La complejidad de la vida cambió totalmente la manera de vivir en el San Pedro de mi niñez. Dada su ubicación privilegiada en el noroeste del Valle de Sula se convirtió en el polo de desarrollo del país.

Más personas, más automóviles, más calles y avenidas, más casas, más edificios. La ciudad tuvo que ampliar su límite de desarrollo urbano. La oferta de centros de educación aumentó. Surgieron universidades privadas. Se dio el traslado masivo de personas de las áreas rurales que llegaron a suplir las necesidades de mano de obra de la industria maquiladora. Todo aumentó. Hoteles, centros de diversión, restaurantes, hospitales privados.

La ciudad, el Valle, se rindieron a la actividad comercial abrumadora y al desarrollo. Y así, en la actualidad, San Pedro Sula es una ciudad cosmopolita que combina recuerdos con modernismo. Su desarrollo ha sido más acelerado que cualquier ciudad del país. Desarrollo económico, de urbanismo, infraestructura y cultural.

Su localización, su clima, su gente, su geografía, todos contribuyen en hacer de mi ciudad el motor y alma de este país.

Todavía hoy, si recuerdo, puedo ver las personas pasear en el bulevar Morazán de los años 60. Veo los carros, las modas y percibo la apacibilidad, la paz de aquellos bonitos días de la San Pedro Sula de esa época. Ahora puedo apreciar con orgullo y satisfacción los cambios que el tiempo, el carácter trabajador, la visión futurista, la afabilidad de los sampedranos de siempre han llevado a cabo en este lugar que nosotros llamamos nuestro hogar. Los zorzales aún cantan. Los laureles siguen llenando de colores el ambiente.

La ciudad vibra de energía. Esa es la San Pedro Sula de nuestros amores. La de siempre.