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Para sobrevivir

Se van. Es difícil intentar disuadir sus deseos de emigrar. Quieren ver otro horizonte, huir no solamente de la falta de oportunidades, sino de la descomposición social en la que se encuentran inmersos.

Se van porque quieren sobrevivir, una palabra que puede explicar su comportamiento, su resentimiento con lo que dejan y con lo que encuentran a su paso, el dolor visible en sus rostros, en sus palabras cuando son interrogados por los medios de comunicación.

Recientemente, la directora del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, Henrietta Fore, visitó Honduras y durante su visita hizo énfasis en la enorme vulnerabilidad de los niños y jóvenes de nuestro país.

“A pesar de los esfuerzos por reducir la violencia y proteger a los ciudadanos más jóvenes, Honduras sigue siendo un lugar peligroso para demasiados niños y adolescentes”, manifestó la directora, de acuerdo con la nota oficial de Unicef.

Unicef señala que “la combinación de violencia, pobreza y falta de oportunidades de educación está causando que miles de niños y sus familias huyan del país”.

También se encuentra un problema muy grave: la crisis de la familia, que no está ligada necesariamente al concepto de familia tradicional -de padre, madre e hijos-, sino a la escasez de un núcleo fortalecido, de la debilidad, incluso de la relación no solamente afectiva, sino también práctica.

Me explico mejor. Se trata de que los niños cuenten con el apoyo de por lo menos uno de sus progenitores o de un adulto que vele por su educación –tanto formal, como para la vida-, por su salud física y mental, por el desarrollo de valores que son fundamentales en cada decisión. Se trata pues, de fortalecer la familia como célula vital del tejido social, tan débil en Honduras.

Muchos niños y jóvenes en esta tierra están abandonados a su suerte, en manos de adultos poco conscientes de sus responsabilidades. Los derechos de tener un nombre, de ir a la escuela y de jugar son constantemente vedados. He visto niños que no saben su verdadero nombre, responden a un apodo, algunos ni siquiera están inscritos en el Registro Nacional de las Personas, son seres anónimos, que no tienen tiempo para jugar porque primero deben buscar cómo comer.

Cuando se trata de niñas, el asunto es peor, la hipersexualización es terrible, les roba la niñez, las coloca en situaciones que no son capaces de controlar, las convierte en presa fácil de gente inescrupulosa.

Es urgente rescatar el valor de la familia, no desde una visión idealista, sino de una real. Volver los ojos hacia la relevancia que tiene la formación de los niños, hacia sus derechos que deben ser respetados desde el hogar.

Recuperar la familia como parte de los temas urgentes que hay que atender, como el fortalecimiento del Estado de derecho, el combate a la pobreza, la accesibilidad de los servicios de educación y salud públicas, pueden llevarnos a otras condiciones de vida para nuestra gente. Hay que actuar pronto, porque se van.