Pocos saben que San Pedro Sula está registrada en las páginas de la historia de Cuba porque aquí están sepultados dos hijos de uno de los próceres de la independencia de aquel país, el generalísimo Máximo Gómez Báez, quien estuvo de paso por tierras catrachas allá por 1881.
Como testigo silencioso de este acontecimiento está la tumba de los fallecidos en un rincón del viejo cementerio general, que el arqueólogo Eliseo Fajardo está empeñado en convertir en un museo de cielos abiertos.
No sólo la sepultura de Andrés y Margarita Gómez forma parte del tesoro patrimonial que trata de proteger Fajardo como jefe del Archivo Histórico Municipal, sino también un antiguo campanario, cruces que son una maravilla de herrería y obeliscos en punta de diamante que están sobre algunas de las tumbas.
“Tal vez sea un sueño difícil de alcanzar porque en esta aventura el único quijote soy yo”, dice Fajardo al referirse a su proyecto.
El cementerio San Pedro Apóstol, en el extremo sur de la avenida Lempira, constituye una joya de la arquitectura memorial porque está formado por tres cementerios en uno: el de los chinos, el de los judíos y el de los mestizos, dijo el arqueólogo originario de Trinidad, Santa Bárbara.
“Incluso hay preciosa arquitectura árabe que igualmente estamos inventariando para hacer de este lugar un museo de cielos abiertos”, indicó.
Su idea ha cobrado mayor fuerza desde que asistió a un encuentro iberoamericano de valoración y gestión de cementerios patrimoniales en Uruguay.
“Tenemos el honor de que en este evento Honduras, por medio de San Pedro Sula, fue considerada miembro de la red de cementerios patrimoniales de Iberoamérica”, dijo.
Lavó carros en México
Fajardo se interesó en la arqueología desde que, siendo niño, buscaba reliquias en las quebradas y riachuelos de Trinidad, Santa Bárbara.
Luego, cuando vivía en el barrio Cabañas de San Pedro Sula, seguía a los tractores que iban poniendo al descubierto fragmentos de cerámica y obsidiana mientras hacían trabajos de urbanización.
“Así supe de unos indígenas de Sula que ocuparon una franja de tierra que se extendía desde el sector de Ticamaya hasta Búfalo, entre 900 y 1,500 años antes de Cristo”, dijo.
En sus tiempos de estudiante Fajardo vendía queso y mantequilla, pedaleando una bicicleta por las calles de la ciudad, por eso dice que San Pedro Sula le pertenece.
Cuando salió del José Trinidad Reyes se echó sus ahorros en la bolsa y una mochila con sus trapos en la espalda y se fue a México a estudiar Arqueología. En el D.F. estuvo lavando carros en las calles para sufragar sus estudios hasta que fue “rescatado” por el entonces cónsul de Honduras, Arnaldo Hernández, que se lo llevó a trabajar como conserje en su oficina.
Para redondear un sueldo digno, el triniteco tuvo que dedicarse, paralelamente, a validar legalmente los títulos de los hondureños que habían estudiado en el país azteca, hasta que logró culminar su propia carrera.
Locuras de cipote
Hace 17 años que Fajardo vive entre legajos de documentos antiguos y proyectos inalcanzables, renegando por la falta de apoyo que las autoridades municipales dan a un departamento en el que se registra la historia de la ciudad.
“Aquí tiene uno que navegar con bandera de tonto porque el ambiente no da para más”, dice al referirse a la sorna con que la gente ve su trabajo quijotesco.
Agrega que hay quienes lo consideran loco “porque hago cosas que otros no hacen, pero nadie me ha visto andar detrás de una bandera liberal o nacionalista”.
Su satisfacción es que los pobladores de Trinidad lo consideran un símbolo porque es el creador de su himno, su bandera y su escudo, además de que tiene en su haber varios cuentos y poemas inéditos.
Desde que era cipote Eliseo se distinguía por sus “locuras”, como la de ir a Naco a buscar el lugar donde fue ultimado Cristóbal de Olid después de haber leído la historia del conquistador español.
“Creí que iba a encontrar las ruinas de la casa, pero no hallé más que potreros enmontados porque me fui guiado únicamente por mi intuición. Tonterías de cipote”, recuerda.
Actualmente, su mayor “quijotada” es querer salvar los monumentos del viejo cementerio que tienen un gran valor arquitectónico y eliminar las tumbas abandonadas para hacer de este lugar un centro donde los sampedranos puedan recrearse los domingos.
Él mismo se ofrece para brindar visitas guiadas por el cementerio una vez que sea convertido en museo, para que todo mundo pueda admirar las maravillas ahora perdidas entre el abandono, como la vieja capilla donde antes se oficiaban misas para los difuntos o la tumba de Gregorio Ferrera y Miguel Paz Baraona.
Otra lucha es la que el arqueólogo libra en el Archivo, localizado en un edificio de la zona peatonal, para preservar la valiosa documentación que ha rescatado de la polilla.
“Por esto me he echado muchos enemigos. La vez pasada llegó un político queriendo que le prestara un documento para llevarlo a otro lado y cuando me negué a dárselo me amenazó con quejarse ante el alcalde”.
La respuesta de un hombre locuaz y sin tapujos como Fajardo no se hizo esperar: “Puede quejarse con el alcalde o con el cura si quiere, pero el responsable de la pulpería soy yo”.
El interpelado salió, no sin antes sentenciarle: “A ver si cuando se muera se lleva esos papeles al cementerio”.
Dama cantaba villancicos en la tumba de su padre
No sólo los monumentos del cementerio le interesa conservar al arqueólogo Eliseo Fajardo, sino los mitos que se tejen alrededor de la muerte.
Para el caso, sobre algunas de las tumbas del cementerio de los judíos pueden observarse pequeñas piedras lisas que los dolientes usan para hacerlas sonar sobre la lápida cuando quieren comunicarse con su pariente en el más allá.
Fajardo dice que esta misma costumbre se practicaba en los cementerios de Trinidad, especialmente cuando los parientes del difunto llegaban a dejarle una tacita de café. Le sonaban la tumba con una piedra como para llamar su atención y luego le platicaban.
Los chinos tienen la costumbre de regalar dinero a las personas que están presentes en el momento de un sepelio en su cementerio, dijo.
Citó también Fajardo el caso de una dama residente en Estados Unidos que todas las navidades llega a visitar la tumba de su padre sepultado en el cementerio general.
No sólo le trae flores y le reza, sino que en el ritual le canta villancicos, expresó.
Fajardo se encarga de brindarles charlas a los estudiantes y escolares en el cementerio sobre todo el proceso mortuorio.
Incluso ha llevado mimos al camposanto para que muestren con su arte todos los pasos que se siguen durante un funeral, desde la colocación del difunto en el catafalco hasta su depósito en el mausoleo. Una costumbre que ha desaparecido es la de enterrar a la persona con sus zapatos y sus joyas, dijo.