Bad Bunny conquista América con un homenaje a Puerto Rico y un mensaje de unión
La presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl LX es todo un acontecimiento histórico en la plena situación sociopolítica compleja que enfrentan todos los países que conforman el continente.
- Actualizado: 08 de febrero de 2026 a las 21:37 -
Una fantasía de palmeras, cañas de azúcar y azoteas de dos edificios del Morro del Viejo San Juan —con su mercado (La Marqueta), su “Casita”, su barbería y una licorería que decía, simplemente, “Conejo”— sirvió a Bad Bunny de escenario para el extraordinario encuentro con su destino como icono de los hispanos en Estados Unidos y de los latinoamericanos en el mundo; el mundo de Donald Trump. Fue este domingo en Santa Clara (California), en un deslumbrante espectáculo del intermedio de la Super Bowl, que el presidente de Estados Unidos definió como “terrible” poco después.
“Bienvenidos al espectáculo del medio tiempo del Súper Tazón”, decía, en español, la pantalla del estadio de los San Francisco 49ers a la mitad de la espesa final de la NFL que enfrentó a los Seahawks contra los Patriots. Sobre la hierba, el cantante llegó de punta en blanco, con un balón de fútbol americano que retomó al final de la actuación, cuando, con el fondo de su himno DtMF, exclamó “Seguimos aquí” y marcó un touchdown. Estaba rodeado de un cuerpo de baile que portaba las banderas de todos los países del continente americano, cuyos nombres recitó el cantante, que se reservó para él la de su isla, Puerto Rico.
Así terminó un recital fulgurante e imaginativo, en el que hasta hubo una boda de verdad, y otras sorpresas como ver a Lady Gaga, acompañada por el conjunto puertorriqueño Los Sobrinos, interpretar Die with a Smile (con la que ganó el Grammy junto a Bruno Mars el año pasado) en clave salsera, antes de fundirse en Baile inolvidable con el protagonista. O a Ricky Martin, otro puertorriqueño, en un gesto de reconocimiento a los que vinieron antes que él en la conquista del mercado estadounidense que honra a Bad Bunny. Este también incluyó un medley de éxitos de reggaetón primigenio, con La gasolina, de Daddy Yankee incluida.
Cuando el característico ritmo caribeño retumbó en el estadio de los 49ers, las pantallas sobre el escenario, que recordó al de la histórica residencia del artista el verano pasado en Puerto Rico, escupían con letras mayúsculas una palabra repetida: “PERREO PERREO”, tras un arranque en el que cayeron canciones como Tití me preguntó y Yo perreo sola. En las gradas, un público mayoritariamente blanco reaccionó con cierta frialdad al show, durante el que el maestro de ceremonias hizo historia al hablar solo en español en compañía de famosos como Karol G o Pedro Pascal.
“Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí mismo”, dijo Bad Bunny. Fue poco antes de que la cámara enfocara a un niño con uno de los premios Grammy que logró el domingo pasado (un niño actor cuya carita recordaba a la de Liam Conejo, el crío de cinco años detenido en Minneapolis y convertido en símbolo de la agresiva política migratoria de la Casa Blanca), y un icono nuyorican como La Toñita, llegada directamente de Brooklyn, y de de su mención en el tema de Bad Bunny NuevaYol y llegada directamente de Brooklyn, hiciera su propia aparición.
Los fans del cantante puertorriqueño, un par de equipos de fútbol americano, los Seattle Seahawks y los New England Patriots, ofrecieron un prólogo pesaroso y un epílogo abierto a su actuación durante el descanso de la Super Bowl; la Benito Bowl, como decían, en referencia al nombre de pila del artista, algunas camisetas en el estadio Levi’s del sur de San Francisco. La ocasión, 13 minutos que parten musicales por la mitad un partido que siguen 130 millones de personas, es todo un acontecimiento del entretenimiento global, pero esta vez los superlativos se quedaron cortos. Por motivos más políticos que artísticos, era el show más esperado de los últimos tiempos.
Pues bien, el gran pronunciamiento político de Bad Bunny fue, a golpe de banderas, su defensa de América más allá de Estados Unidos. También, del gesto de bailar como un acto de resistencia. Y del español como un arma cargada de sentido para conquistar uno de los espacios más codiciados de un país cuya presidente, Donald Trump, ha hecho oficial el inglés, en un acto teatral un tanto innecesario, y ha lanzado la que aspira a ser la “mayor deportación” de inmigrantes irregulares de la historia, millones de personas, muchas de las cuales llevan décadas viviendo en este país. Y hablando en español, y chapurreando en inglés... y viceversa.
También acompañaron al músico desde la distancia los 3,2 millones de puertorriqueños, ciudadanos estadounidenses de segunda, con una larga memoria del colonialismo y una historia reciente que se cuenta a partir de las crisis sucesivas de la deuda, la devastación y el abandono del huracán María y la gentrificación y sus desplazamientos. Todo lo que, en fin, que también ha contribuido a forjar la estética de Bad Bunny, hijo de todo eso.
La otra parte del país desconectó durante el descanso, para asistir a un espectáculo alternativo. “Di no a lo woke y sintoniza el ‘Intermedio Exclusivamente Estadounidense”, pedían horas antes del inicio del partido sus promotores, la organización de proselitismo juvenil MAGA (Make America Great Again) Turning Point, fundada por el activista asesinado Charlie Kirk. La oferta la encabezaba Kid Rock, gloria pasada del rap metal y amigo personal de Trump, y la completaba un puñado de cantantes country de segunda. Hubo problemas con la retransmisión por problemas de licencias a la hora de pasar en X.
La mezcla del extraordinario púlpito al que la NFL le ha dado acceso, el mayor escaparate musical del año en Estados Unidos (y cada vez más, también del mundo) y el perfil combativo de Benito Antonio Ocasio Martínez, nombre del chico de Vega Baja que desde hace una década rompe todas las marcas de la música en español, han convertido a Bad Bunny en esta segunda presidencia de Donald Trump un símbolo de la resistencia ante la policía migratoria de la Casa Blanca,