Tambores de guerra

La muerte del máximo jerarca militar iraní a manos de los Estados Unidos, como venganza por el reciente asesinato de un contratista estadounidense en territorio iraquí, ha desatado la alarma mundial ante las amenazas vertidas de uno y otro lado por el peligro de una nueva escalada bélica en una zona del mundo que desde hace décadas se ha visto envuelta en una serie de conflictos internos y con participación de otros estados, y de la que depende buena parte de la producción petrolera mundial. La situación lleva ya varios días ocupando las portadas de los diarios y ha generado algún nerviosismo en los mercados y en las bolsas de distintos países.
Un detalle que impresiona a los lectores de occidente es la magnitud de las concentraciones humanas antes y durante los funerales del general Soleimani y la disciplina con la que los iraníes han acudido a ellas.

Para hombres y mujeres acostumbrados a la libertad de conciencia y de religión, en naciones en donde se vive una saludable separación entre las estructuras clericales y el gobierno, resulta llamativa semejante conducta. En países como los nuestros no se termina de entender cómo se puede hacer un uso tan notable de la manipulación de los sentimientos religiosos ni cómo un gobierno puede penetrar ámbitos más diversos de la vida de los individuos como su manera de vestirse o la música que escuchan. En este caso, además, se ha estimulado el sentido patriótico, porque en Irán, religión y política están amalgamadas de tal modo que no se sabe dónde comienza y dónde termina cada una de ellas. Encima, se han tocado los intereses del islam chií, minoritario en el mundo musulmán, pero más violento y belicoso, lo que ha dado un tinte más complejo a la situación.

Que se desate una guerra en todo el sentido del término no es tan fácil. En el propio Irak no hay una opinión unánime sobre la presencia de fuerzas militares extranjeras en su territorio, y aunque el parlamento, dominado por los chiitas, ha pedido a los Estados Unidos que retire a sus tropas, no ha recibido el respaldo ni de sunitas ni de kurdos. Luego, el resto de los gobiernos que se autodenominan islamistas no se han solidarizado con Irán.

De lo que habrá que cuidarse es de ataques aislados a intereses dentro y fuera de territorio estadounidense o de los terroristas fanatizados que no han dejado de causar muertes en las últimas décadas. Quiera Dios que prevalezca la cordura y que no se olvide que ningún conflicto armado, ninguna guerra, ha beneficiado jamás a ninguna población, y menos a la de un país en vías de desarrollo como Irán.