Cuenta la Biblia que el rey de Babilonia llegó a la ciudad de Jerusalén para conquistarla con su ejército, y tomó prisioneros al rey y a muchos israelitas y se los llevó a Babilonia. El rey quería tener a su servicio gente joven y bien parecida, que no tuviera ningún defecto; además debían saber de todo. Por eso ordenó que, de entre los prisioneros israelitas, le llevaran los jóvenes más inteligentes y de las mejores familias.

Durante tres años, esos jóvenes comerían y beberían lo mismo que el rey; mientras tanto, estudiarían y aprenderían el idioma y la cultura de los babilonios. Pasado ese tiempo, ellos entrarían a servir en el palacio del rey.

Entre los que fueron llevados al palacio del rey estaba Daniel, quien, dice la Biblia, se propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía. Y nosotros, ¿nos hemos propuesto en nuestro corazón algo?

El proponerse involucra determinación, propósito. Y el corazón involucra el centro de mando de todo el ser. Aquello que se ha decidido ejecutar se ha convertido, entonces, no solo en algo que se ve y suena bien, sino en el fin a que se dirigen las acciones y deseos. Esto es ciertamente bueno para cada decisión.

Pero resulta indispensable para aquellas que involucran caminar en la dirección contraria a todo lo que nos esté dañando o perjudicando a los demás. ¿Hay algo que le esté o ha estado dañando, querido lector? ¿Podría eso ocasionarles menoscabo moral o material a las personas que le rodean? Si la respuesta es afirmativa, ¿está dispuesto a proponerse en su corazón ponerle fin?

Por el contexto, sabemos que lo que impulsó a Daniel a proponerse era su deseo de agradar a Dios, porque había entendido que Dios era lo mejor para él. ¡Que así sea también con nosotros! “Dirijo la mirada a las montañas; ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene de Dios, creador del cielo y de la tierra” (Salmos 121:1-2).