Como he señalado en columnas previas, el paso de los años, no obstante la pérdida de algunas capacidades físicas, e incluso mentales, comporta una serie de ventajas nada despreciables. Es decir, aunque la fuerza o el vigor disminuyan, o la memoria no sea tan presta, esto se compensa con el desarrollo de otras competencias, cualidades, características, o como se le quieran llamar, valiosísimas y enriquecedoras.

La primera, y tal vez la más importante, es la posesión de una nueva perspectiva para valorar a las personas, a los acontecimientos y a las cosas. Con el tiempo va uno ubicando en su justo lugar a la gente que lo rodea. Se llega, por ejemplo, a la conclusión de que cada quien tiene sus propias preocupaciones, que las de uno importan a bien pocos y que es a esos pocos, familiares, amigos o colegas, a los que hay que dedicar tiempo, cariño y atenciones. En este mismo sentido se llega a la conclusión de que gente en la que uno se puede apoyar, sin miedo a que lo dejen en el aire, es bien poca, y que le debemos manifestar nuestra gratitud cada vez que podamos. Los que estamos casados, para el caso, llegamos a tener la sensación, convertida en convicción, de que la única persona con la que podemos contar con seguridad es con nuestra esposa. Los demás van y vienen, se acercan o se alejan, les interesamos temporalmente y luego nos olvidan. Por lo mismo es que nuestros mayores esfuerzos para hacer feliz a alguien deben estar dirigidos a la que nos ha acompañado en las buenas y en las malas, en la enfermedad y en la salud, cuando todo va bien o cuando vamos de desastre en desastre... como alguna vez nos dijo el cura que sirvió de testigo calificado de nuestro matrimonio.

Respecto a las circunstancias, luego de trascurridas algunas décadas, caemos en cuenta de que situaciones que alguna vez consideramos trágicas, demoledoras, no lo han sido tanto, que hasta la pérdida de un trabajo o la aparición de una dolencia física mayor puede convertirse en una oportunidad para crecer y madurar. La relatividad de la gravedad o levedad de acontecimientos se torna en certeza a la vuelta de los años.

Otra ganancia: sin que sea uno grosero o descuidado en el trato se pierde eso que se ha dado en llamar “respetos humanos”. Con lo cual hay muchos menos circunloquios, y se va más al grano, se es más directo. Es como si ya no hubiera nada que perder y se pudiera actuar sin máscaras, sin disimulo, sin hipocresía. Ayer cumplí sesenta años. De modo que todo lo que aquí he escrito no son teorías, son lecciones tomadas y aprendidas en la vida misma.