10/04/2024
09:40 AM

Napoleón Larach, empresario moderno

Juan Ramón Martínez

Napoleón Larach fue un heredero de emigrantes orientales establecidos en la costa norte hondureña en las últimas dos décadas del siglo XIX. Y que, en su larga y provechosa existencia, le dio fuerza y dinamismo al capitalismo moderno de Honduras, haciendo inversiones múltiples y asegurando, además, la continuidad de un modelo económico para todo el país.

Tuvo la sabiduría y el compromiso de ser fiel a su misión, sin caer en la tentación de la política, la vida fácil o la jubilación engañosa, a la que muchos se acogen con facilidad. La muerte lo encontró trabajando, como una tarea más, en la que siempre queda abierto el regreso de la resurrección, anunciada por el cristianismo esperanzador de sus mayores.

Lo conocí a principios de los 90 del siglo pasado. Primero, en una fugaz recepción en que nos estrechamos las manos y nos vimos las caras. Nada más. Después en la cálida ternura de mis compañeros Carlos y Williams Chahín, calibré la calidad de sus compromisos, la fuerza de su talento y su clara vocación histórica. En 1987 había estado en Jerusalén visitando a los “turcos nacidos en Olanchito”, residentes en Belén. Y visitado al alcalde Belt—yala, que, con su esposa, vivieron varios años en Puerto Cortés y que tenían hijos en San Pedro Sula.

En esas relajadas conversaciones, aprecié su talento, el interés por las fechas y los detalles históricos junto con su afición por coleccionar historias, anécdotas, recoger documentos y apoyar publicaciones periódicas y libros para detener las erosiones de la memoria frágil de las colectividades. Después conocí de su compromiso con Honduras, su confianza en el futuro de San Pedro Sula y la fuerte esperanza suya que los hondureños, en algún momento, encontraremos la fuerza para hacer de Honduras una gran nación enclavada en Centroamérica. Casi accidentalmente porque no hablaba de ello, conocí dos actitudes relevantes suyas: su disposición a la filantropía – sin estridencia alguna— y sus relaciones con los políticos de los últimos sesenta años que siempre buscaron su apoyo para financiar sus ruidosas campañas electorales.

Nos vimos en su oficina, por última vez, el 10 de septiembre de 2023. En la mayor de sus empresas. Llegué sin avisarle. Me cedió, como a todos los políticos probablemente, su sillón y se colocó al otro lado del escritorio, haciéndome sentir como en mi casa. Me mostró viejas fotografías, libros históricos antiguos y refirió con naturalidad su participación en la edición de dos libros de Gonzalo R. Luque sobre las guerras civiles del siglo XX. El ejercicio mental, donde mostró con una precisión histórica singular y una vista especial para reconocer en las fotografías desplegadas los rostros juveniles de Rodas Alvarado y otros políticos que el pueblo hizo presidentes de la república. La mayoría de los cuales ayudó, financieramente, en sus campañas. Mientras lo oía, puse los ojos en una hilera de archivos portátiles verticales. Por curiosidad, quise comprobar que se trataba de “clavos”, “bisagras”, “tornillos” y demás cosas. Pero no. Leí, Melgar, Zúñiga, Callejas, Reina, Flores, Pineda Ponce, Mel Zelaya, Xiomara y... JRM. Abrí, este último con curiosidad y encontré recortes de mis artículos. Levantó los ojos, diciendo “te sigo con atención”. Cerca de las 12:00 llegó Picho Larach. Aprovechó para invitarme a que fuera a almorzar a su casa, cosa que hacía religiosamente con su esposa, hijos y nietos. Me excusé porque estaba citado con Nelson García, Platero y Chedrani para almorzar. En el pasillo, un busto de Morazán, copia de otro instalado en Brasilia. Iniciativa de “un paisano tuyo”, Víctor Lozano que “era embajador”. Nos estrechamos las manos. No sabíamos que era la última vez...

las columnas de LP

Desde 1949, año de la fundación de la República Popular China, los estados han tenido cuatro opciones de política exterior hacia China: reconocer a la República Popular; reconocer a Taiwán (República de China, en su nombre oficial); no reconocer a ninguna; o reconocer a ambas. El “principio de una sola China” ha vetado esta última opción, quedando solamente las tres primeras. Este principio argumenta la existencia de un solo Estado chino, pero hay controversia en cuanto a cuál es el gobierno legítimo que lo representa.

Beijing enarbola este principio desde 1949, manteniendo una orientación política constante e invariable en el tiempo hacia Taiwán. Por su parte, las autoridades de Taiwán alzaron este principio desde 1949 hasta 1972, año en que Taipéi modificó de facto su orientación externa. Desde entonces, han buscado infructuosamente lo que los chinos continentales llaman el “doble reconocimiento”, es decir, que un tercer país reconozca a Taiwán al mismo tiempo que reconoce a la República Popular. Algo que Beijing rechaza en términos absolutos.

La situación actual de los reconocimientos es ampliamente favorable al gigante asiático. De los 194 estados miembros de las Naciones Unidas, 181 reconocen a China. En América Latina y el Caribe, 26 reconocen a Beijing y siete a Taiwán de un total de 13 estados que aún mantienen relaciones diplomáticas con la isla a nivel mundial. Independiente del número, el “principio de una sola China” ha sido respetado por la comunidad internacional al margen de a quién se asigne el reconocimiento.

En América del Sur, Paraguay reconoce a la República de China desde 1957. No se puede negar que las autoridades paraguayas respetan y mantienen constante e invariable el “principio de una sola China” desde ese año, aunque esta orientación de política exterior es contraria a los intereses de Beijing. Esta misma línea de conducta política ha sido llevada a cabo por Guatemala, Haití, San Vicente y las Granadinas, y San Cristóbal y Nieves; mientras que Belice y Santa Lucía mantuvieron inconstante el reconocimiento hacia Taiwán.

Nicaragua es el caso extremo de variabilidad. El sandinismo rompió relaciones con Taiwán y reconoció a China en 1985. Pero, tras la represión de Tiananmen, la presidente Violeta Chamorro decidió restablecer las relaciones diplomáticas con Taiwán en 1990; mientras que el presidente Daniel Ortega nuevamente interrumpió las relaciones en 2021 para reconocer a la República Popular. En América del Sur no se observa tal inconstancia: Chile, Perú, Argentina, México, Brasil y el resto de los estados conservan el reconocimiento hacia China desde que interrumpieron sus vínculos con Taiwán.

En todos los casos, el respeto al “principio de una sola China” es una decisión de los países, basados en la soberanía, independencia de sus políticas exteriores y los intereses que cada uno busca salvaguardar, especialmente cuando China ha alcanzado el rango de superpotencia económica. Precisamente aquí el principio pasa a ser definido como política de una sola China, al referirse a la acción implementada por China y los miembros de la comunidad internacional en defensa y reconocimiento de dicho principio.

La presión que ejerce el principio sobre los estados queda a la vista al comparar la “cuestión china” con la “cuestión coreana”, donde ambas reconocen el “principio de dos Coreas”. En efecto, la República de Corea y la República Popular Democrática de Corea fueron reconocidas políticamente y establecieron relaciones diplomáticas con miembros de la comunidad internacional, siendo estados-parte de Naciones Unidas. En esta cuestión aún persiste la conflictividad y, al mismo tiempo, ambas admiten el doble reconocimiento internacional, permitiendo a terceros estados maniobrar con mayor libertad.

Por eso, el uso del principio por la República Popular China limita el accionar internacional de Taiwán al restringir los márgenes de acción soberana del resto de los estados, aunque éstos mantienen la decisión última del reconocimiento, tal como expresamente sugieren las normas de derecho internacional.