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Más que alegres, felices

  • 26 julio 2022 /

Debido a una serie de cambios culturales y de asunción de nuevos estilos de vida, a muchos padres hoy nos cuesta decir no a los hijos. Es decir, hoy en día, tanto los papás como las mamás preferimos complacer a nuestros hijos en todas sus demandas, porque así permanecen contentos, no hacen rabietas, ni se enojan con nosotros. Parece que tuviéramos miedo de que, si les negamos algo, pueden disgustarse, como en efecto suele suceder, y, consecuentemente, van a ponerse tristes o, por lo menos, van a enfurruñarse y a perder la sonrisa.

Y lo cierto es que los que tenemos la obligación de formar a la gente joven, a nuestros hijos, en primer término, estamos obligados, ante sus peticiones, a decirles que no, y no una sino muchas veces. Porque lo que piden es peligroso; porque no tienen todavía la madurez para lidiar con determinada situación; porque la sabiduría que dan los años nos hace ver que lo que nos solicitan no les conviene. Así, no les prestamos el carro cuando no cuentan con la pericia necesaria para conducirlo, aunque ellos digan que sí; no los dejamos jugar con un cuchillo filoso, aunque lloren o griten; o no los dejamos ir a fiestas cuando son demasiado jóvenes e inexpertos, o no tenemos certeza del ambiente que se respirará en la casa a la que quieren dirigirse.

Porque un componente importantísimo del ejercicio de la paternidad es el sentido de responsabilidad, y ningún progenitor en su sano juicio hará correr a sus hijos riesgos innecesarios ni pondrá en peligro su integridad física o moral.

Para asumir lo anterior es necesario saber distinguir entre la alegría y la felicidad. Qué no es solo un asunto de niveles sino de significado. Se trata de recordar que no es lo mismo estar alegre que ser feliz.

La alegría es algo realmente superficial, con manifestaciones externas, como la sonrisa, la risa o la carcajada. La alegría es ordinariamente pasajera, temporal. La felicidad en cambio es algo profundo, estable, permanente. Cierto que la felicidad también puede verse ensombrecida o perderse, pero si sus causas son de entidad y si se ponen los medios idóneos, puede recuperarse.

Lo que a veces hace falta es dirigir la mirada hacia el futuro y diferenciar la inmediatez del largo plazo. Si lo que buscamos es que el hijo esté contento, pues le satisfacemos sus caprichos y le concedemos todas sus demandas, por estrambóticas o rocambolescas que sean; si lo que buscamos es que, a mediano y largo plazo, sea feliz, le decimos que no es el momento, que es muy caro, que no conviene, y, nos plantamos en “no sostenido” mientras sea necesario.