Hace unos meses atrás leí una reflexión de un hombre recién casado que me pareció importante compartir con ustedes, amables lectores, aprovechando que este mes se celebra el Día Internacional del Hombre. El mensaje decía más o menos así:

Mi esposa dormía a mi lado y, de repente, recibí una notificación en una de mis redes sociales. Era una mujer pidiéndome que la agregara. La agregué y le envié un mensaje preguntándole: “¿Nos conocemos?”. Ella respondió: “Escuché que te casaste, pero yo todavía te amo”. Era una amiga del pasado. No puedo negar que ella se veía muy hermosa en la foto. Sin embargo, cerré el chat y miré a mi esposa. Ella dormía profundamente después de un agotador día de trabajo. Mirándola, reflexioné en cómo se siente tan segura que puede dormir tan cómodamente en un hogar completamente nuevo conmigo.

Ella está lejos de la casa de sus padres, un lugar donde ella se sentía protegida. Cuando estaba molesta o triste, su madre estaba allí para que pudiera llorar en su regazo. Su hermana o hermano le contaban chistes y la hacían reír. Su padre llegaba a casa y la mimaba trayéndole lo que le gustaba. Pero, aun así, ella dejó todo eso para unirse conmigo. ¿Por qué? Porque confía mucho en mí.

Todos estos pensamientos me vinieron a la mente, así que tomé el teléfono y presioné la opción de bloquear el contacto. Me giré hacia ella y dormí a su lado. Soy un hombre, no un niño. He jurado serle fiel y así será. Lucharé por siempre para ser un hombre que no engañe a su esposa y no destroce a una familia.

En nuestra sociedad son muchos los que creen que un hombre es valiente por atreverse a conquistar a cuanta mujer se le ponga por delante. Sin embargo, realmente es valiente aquel que no sigue la corriente, que lucha por dominar sus deseos carnales, que mantiene sus compromisos y que hace valer su palabra. Esos sí son, de verdad, hombres hechos y derechos.