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Hace 30 años

  • 10 octubre 2023 /

En agosto de 1993, el papa Juan Pablo II publicó su encíclica “Veritatis Splendor”, el esplendor de la verdad. Don Alberto Banchs Fabregat, sacerdote católico amigo, me recomendó que la leyera. Seguí su consejo y quedé bastante impresionado. En ese documento, el hoy san Juan Pablo II, señalaba como hay principios morales permanentes que, no obstante lo mudable que sean las costumbres o las ópticas desde las que se aborde la conducta humana, no cambian. Y esto no por puro apego al dogma sino porque son fundamentales para aspirar a la felicidad; a la felicidad de unos seres humanos que, a pesar del correr de los siglos, continúa siendo esencialmente el mismo. El mismo padre Alberto me animó a escribir algo al respecto, y así, en octubre de 1993, diario La Prensa, publicó mi primera columna que, justamente, se tituló: “El esplendor de la verdad”.

A lo largo de estos 30 años en mi vida y en la de mi familia han pasado muchas cosas: nacieron 4 de mis 6 hijos, murieron mis padres y mi suegra, estuve estudiando varios meses fuera de Honduras, me tocó enviar este escrito desde Washington, Madrid o Taipéi; escribí con entusiasmo o sin él; pensé que nadie leía lo que escribía, pero perseveré, y aquí estamos. Como dice en una sus canciones la argentina Nacha Guevara: “tiempos mejores y tiempos peores viví, y estoy aquí”. Cuando aún no había correo electrónico usaba una Remington y llevaba el manuscrito a la oficina que tenía entonces La Prensa en Tegucigalpa. Cuando, en diciembre de 2002, cree mi dirección electrónica, todo fue más fácil y comencé a enviar, cada semana, mi columna a don Martín Montero, que era entonces el director de las páginas de Opinión de este diario. Por cierto, en 30 años, La Prensa siempre ha publicado lo que he enviado y nunca me han sugerido, ni de lejos, que escriba algo “por encargo” o para favorecer alguna causa. Mi personal visión de las cosas, las personas o los acontecimientos, ha sido escrupulosamente respetada.

Hasta este día, solo en una ocasión he recibido un insulto por lo publicado y, más bien, ocasionalmente me llegan correos, sobre todo del norte y occidente del país, en el que algún lector manifiesta su acuerdo con lo escrito. Así he logrado vencer la sensación de anonimato que suelo padecer cada vez que escribo. Porque, como decía antes, cada vez que me publican algo, tengo la sospecha que nadie lo lee.

Y como la gratitud es una virtud humana maravillosa, termino agradeciendo a La Prensa por, de alguna manera, ser mi cómplice en esta tarea que este mes cumple tres décadas. Ojalá tenga vida y salud para más.