“El odio es la cólera de los débiles”: Alphonse Daudet.
Toda forma de comunicación de palabra, por escrito o a través del comportamiento, que sea un ataque o utilice lenguaje descriminatorio con relación a una persona o grupo social, sobre la base de quienes son por su origen étnico, nacionalidad, creencias, raza, color u otro factor de identidad. Estos contextos pueden ser degradantes y dividir. Los avances de la tecnología en las comunicaciones que pueden ayudar a tener una humanidad más unida han servido para transmitir los mensajes de odio, violencia y rencor que se atesoran en corazones llenos de ira, dolor y amargura, creando una atmósfera donde se cultiva la mentira. Ningún argumento justifica el odio, cualquier apología es rechazada y degradante. “Pareciera que en este mundo el amor es ilegal y el odio no lo es; es posible que la pandemia haya hecho un énfasis y la crisis mundial sea una excusa para afectar las grandes minorías, es inconcebible que teniendo un cielo tan grande y una tierra vasta la gente se odie dentro de su propia casa. La educación siempre añade un valor en la construcción de la tolerancia y respeto. Hay un problema cultural, propio de cada país y región: la ignorancia, el racismo, el populismo es terreno fértil en las crisis económicas y sociales, debemos aprender a vivir en paz, humildad y aceptar los errores de cada quien con suma responsabilidad, pero no victimizar o ridiculizar a otros por nuestras posiciones o convicciones. El odio es un veneno que destruye desde adentro, produce amargura y corrompe el corazón.
“Cuídense unos a otros, para que ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios. Tenga cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenen a muchos”, Hebreos 12:15 NTV. Es el tiempo de rendirnos a Dios para unir las familias y la nación por el bien de todos.