Una sociedad culta y educada será siempre un estorbo para los gobernantes; el desarrollo del pensamiento crítico y objetivo es prerrogativa de aquellos que no reciclan datos sino que se sumergen en la investigación para generar su propio conocimiento en base al análisis e interpretación de las realidades que están en su entorno.

Ello no se alcanza viendo narconovelas o series de Netflix, o programas de televisión tóxicos que insultan la inteligencia, no está al alcance de quienes están más preocupados por el Barcelona o Real Madrid que por los niveles de transparencia gubernamental.

La cultura y la educación van de la mano cual almas gemelas que nos liberan de la ignominiosa oscuridad que obstruye nuestra visión. Esa capacidad de visión estratégica debe ser desarrollada de manera permanente, de tal manera que nuestra vista se extienda más allá de lo inmediato y evidente.

Quizá una de las prácticas y hábitos más determinantes para alcanzar un nivel óptimo de cultura y educación es la lectura. Es tan sencillo pero tan complejo, se trata de la acción revolucionaria de rebelarse contra el desconocimiento para abrir las puertas del cerebro a fin que la luz cognitiva irrumpa con sabiduría.

Las letras deberían ser el ancla y puerto seguro para no ser engañados vilmente por aquellos que pretenden manipular hechos, circunstancias, contextos, y manifestaciones sociales que deben interpretarse de manera objetiva y no sesgada.

En general los latinoamericanos y particularmente los hondureños no nos identificamos especialmente por ser amantes de la lectura; hemos sufrido el letargo de la inconsciencia, materialmente vivimos en siglo XXI, pero intelectualmente en las cavernas.

¿Podemos cambiar eso? Sí, podemos hacerlo a través del despertar radical adoptando una nueva mentalidad que solo es posible cuando el ciudadano lee y desarrolla un pensamiento analítico del entorno de manera responsable y comprometida con las futuras generaciones.