04/04/2026
12:34 PM

Raíces y frutos del mal

Al leer y releer el ensayo de 19 páginas del papa Benedicto XVI sobre las causas de la pederastia en el clero he pensado en el famoso libro de poemas Las flores del mal, de Baudelaire. Con su análisis, el papa emérito ha hecho una radiografía, efectuada con la precisión de un rayo láser, no solo de las flores, sino también de las raíces y de los frutos.

Las críticas contra él no han tardado en desatarse, señal de que ha acertado. Dicen que no debería hablar por ser un papa emérito, pero esos mismos elogiaban al cardenal Martini, al cardenal Dannels o al cardenal Kasper cuando, aun siendo eméritos, hablaban contra los criterios de los papas gobernantes y de qué manera lo hacían.

Son los mismos, o sus herederos intelectuales, que prohibían que los libros del teólogo Ratzinger se estudiaran en los seminarios -como el papa confiesa en su artículo-. Son diosecillos encumbrados a base de intrigas y adulaciones en puestos de poder, desde los que ejercen su tiranía, que merecerían ser llamados miserables, sino fuera porque son patéticos. Benedicto XVI es mucho más grande que todos ellos juntos y una palabra suya da la vuelta al mundo y lo conmociona, mientras que todos sus gritos (que parecen más de locas que de locos) se pierden en la nada.

Benedicto, que mantiene en pleno uso su sabiduría, empieza por analizar las raíces, los orígenes, del problema. Y este está en la torticera aplicación del Concilio Vaticano II, según lo que se llamó y se sigue llamando el “espíritu del Concilio”.

Un espíritu que no tenía mucho que ver con la letra y que era una clara aplicación de los textos conciliares en ruptura con la Palabra de Dios y con la tradición de la Iglesia. Allí empezó todo, en esos años de aplicación del Vaticano II, que en muchos casos y en demasiadas cosas se hizo de una manera equivocada.