A usted, madre querida, que me abrigó aun antes de nacer y con el maná de sus pechos me sació el hambre y la sed. Emblema de mujer, que transformada en madre fue el mejor regalo que Dios me ha dado y desde que nací le provoqué dolor de llanto con lágrimas de sangre, que se convirtió en dulce sonrisa al verme nacer y me abrigó con su cálido manto.

Gracias, madre, por haberme espantado el fantasma de la noche que me asustó y asustaba en mis tiempos de infancia, que me causaba frío mientras usted me llenaba de calor. Y que jamás claudicó del sacrificio de ser madre y con esfuerzos inagotables me forjó en mis días de infancia sus caricias y sus sueños me regaló.

A usted, que fue mi primera maestra y las vocales tantas veces me repitió en mis días de crayola y de paredes manchadas. Me enseñó a respetar las leyes escritas en papel por los hombres y mucho más las esculpidas en piedra, que son el mandato del Creador.

Ella que me vio crecer y detuvo mi infancia, pues siempre me trató como un niño y nunca me faltó el sabio y firme consejo que solo usted como madre me brindó. Le agradezco y tantas cosas buenas podría decir, aunque solo sean recuerdos vivientes que palpitan en mi corazón y se reflejan en mi alma.

Y recordando ese nostálgico momento, donde una madre cierra sus ojos para siempre, dejando una gran pena y un profundo vacío, y ahora sueña con sus hijos y desde el cielo aún nos llena de tantas bendiciones.

A usted, madre querida, y a todas ellas, les envío una rosa roja, si es que están despiertas, o una rosa blanca a las que están dormidas.