A mitad de enero...

Estos primeros 15 días del año, como todo lo indicaba, están siendo de auténtico y verdadero terror, no solo para Honduras, sino para el mundo entero. Los encuentros de fin de año, la inconsciencia e irresponsabilidad de muchos “ciudadanos” están dando como resultado el desencadenamiento de una tercera ola de pandemia. Vemos así una vez más el sistema sanitario público y privado colapsado, sumándole una mayor incidencia en el número de muertes en adultos jóvenes, que es una verdadera calamidad, y es que queda claro que no hemos aprendido nada o, en el mejor de los casos, muy poco.

En una economía de subsistencia, tras dos desastres naturales y un estancamiento, las imágenes de diciembre parecían algo surrealista al ver los centros comerciales desbordados, gente haciendo fila para entrar a tiendas caras y muchos sin el más mínimo intento por guardar las medidas de bioseguridad. Asimismo, las fotos de perfiles en las redes sociales son el peor testimonio del desafío inconsciente de aquellas familias que obviaron las recomendaciones de aforos mínimos en las casas o la evidente falta de responsabilidad al ver a tantas personas en la calle sin mascarilla.

Leo en redes sociales a muchos molestos con un profesional de la salud de la zona norte que ha sido un incómodo profeta y guerrero durante esta pandemia, lo tachan de fatalista y de extremista, pero lo cierto es que el individualismo aberrante de esta sociedad es alérgico a la verdad y, en lugar de advertencias realistas, prefiere escuchar ilusiones vanas y falsas esperanzas que cauterizan la conciencia y sacian los intereses irresponsables. Y es que como dice un dicho, la verdad es como una fruta orgánica, que hoy en día sale más cara, no todos están dispuestos a pagar el precio o se dejan llevar por otros puestos de frutas más apetitosas, más baratas y brillantes, pero menos nutritivas, eso sí, igualmente quitan el hambre, cada quien decide si solo quiere llenarse o realmente nutrirse.

Es verdad que muchos están hartos de toda esta dinámica del covid, cansados del encierro o de no poder hacer su vida “normal”, para todos ellos les tengo una noticia, según los especialistas, los próximos meses en Honduras serán aún más difíciles de los que se han vivido hasta ahora, ¿Soy profeta de calamidades? Sí, porque como hombre de Dios no puedo cerrar los ojos ante lo que está sucediendo y está por suceder. Todos hemos perdido algo o, peor, a alguien en esta dura prueba, nadie ha salido ileso del luto, el dolor, la enfermedad, incluso el hambre o la pobreza. Es necesario despertar de este sueño egoísta porque a Honduras no solo le vendrán meses difíciles, sino años de recesión económica sin precedentes, un aumento de desempleo, sin contar con el impacto en la psicología de la población menor a los 35 años, que, según datos de la Unah, se refleja en un aumento considerable en los niveles de depresión. Quizá la solución inmediata para algunos sea emigrar, pero seamos realistas, no es lo más factible. ¿Qué hacer? Pues creer en Dios y luchar en corresponsabilidad con todas nuestras fuerzas, de forma inteligente, pero no solo buscando el propio bien, porque mejorar presupone la fe en el Señor, pero tambien exige realismo y fraternidad humana para que el hombre llamando a sus problemas por su nombre tenga el valor de afrontarlos con la decisión firme de cambiar lo que haya que cambiar y así poder transformar primero su propia realidad y luego la que le rodea.

Porque el mal nunca tiene la última palabra pero exige valentía, convicción, compromiso y fe, sin nada de esto cualquier esperanza es vana, porque no estará cimentada en Dios, sino en simples propósitos humanos. “¿No te he mandado que seas valiente y firme? No tengas miedo ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas” (Jo 1:9).