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La Odisea de Chagall

  • Actualizado: 28 junio 2009 /

Veinte años duró el regreso al hogar. Veinte años de desventuras y problemas resueltos a base de astucia, fuerza física y audaces discursos.

Veinte años duró el regreso al hogar. Veinte años de desventuras y problemas resueltos a base de astucia, fuerza física y audaces discursos. Ésta es la historia del héroe griego Odiseo (Ulises en latín) y que el gran Homero escribió, cinco o seis siglos antes de Jesucristo.

La Odisea es un poema épico griego y uno de los primeros textos de la literatura occidental. Su belleza y complejidad ha atraído a la humanidad desde su creación. Fuente inagotable de ideas, la obra ha servido de inspiración para innumerables creaciones, especialmente para los iluminados de las bellas artes. Y Marc Chagall era uno de ellos.

Por vez primera, el Museo para la Identidad Nacional (MIN), con el apoyo de Banco Promérica, Fundación Ortiz-Gurdián, El Heraldo y Mujeres en la Artes, presenta una colección de 82 grabados, realizados por el artista ruso en 1974. Una recreación gráfica que nos transporta y ubica, a pesar de los siglos transcurridos, a la par del héroe griego.

Chagall nació en Bielorrusia a finales del siglo XIX. A los 45 años abandonó Rusia y se convirtió en ciudadano universal. Sin embargo, a lo largo de su vida, su obra siempre va a estar marcada por los recuerdos de su aldea, una recurrencia temática que lo acompañará hasta el final, al igual que sus referencias religiosas como judío.

Habiendo vivido en París, Moscú, San Petesburgo, Nueva York, se puede decir que fue un peregrino del mundo. Acumulando experiencias y encuentros con todos los grandes artistas del siglo XX, Chagall trabajó desde el expresionismo ruso, pasando por el cubismo y el surrealismo francés, hasta terminar desarrollando su propio estilo. Un manejo del color emotivo, poético, surgido de sus sueños y recuerdos.

“En una naturaleza, en un elemento natural, en un espacio que no es más que un cielo en el que todas las formas retozan completamente libres y gráciles, como si fuesen pequeñas criaturas, se emana un color tan fuerte y tan hermoso que parece sobrenatural”, escribió Chagall. Y con este pequeño texto nos percatamos de su amor por la libertad y el deseo de plasmarla. Chagall comunica felicidad y optimismo, gracias a su manejo del color. Tal vez surgidos de un mundo onírico a pesar de todas las desventuras que sufrió como todos los judíos en Francia durante la Segunda Guerra Mundial (el artista logró escapar de los campos de concentración gracias a los buenos oficios de un periodista norteamericano que logró sacarlo del país). Existe un deseo de libertad manifiesto en sus obras, una especie de rebeldía ante la rígida realidad. El maestro logra modificarla, dispersándola en todas direcciones e imponiendo la fantasía como ama y señora de su trabajo.

Chagall no sólo trabajó la pintura; como uno de los artistas más influyentes del siglo XX se dedicó a la cerámica, libros, vitrales, mosaicos, esculturas, tapices y la obra gráfica. Entre los años 60 y 70 se involucró en proyectos destinados en grandes e importantes espacios públicos, religiosos y civiles.

Murió en 1985, dejándonos un hermoso legado para toda la vida. Una obra que debemos ver y apreciar. Así que la próxima semana, cuando hayan terminado los sueños dictatoriales de un pequeño títere manejado por los hilos de la soberbia, no deje de visitar el Museo para la Identidad Nacional, en Tegucigalpa. Usted tiene una cita con la grandeza de un maestro universal del arte.