Se subieron al bus vestidos con pantalón y camisa formal, iban cargando una fina mochila que les daba fachada de estudiantes universitarios, pero al bajarse dejaron a su paso temor y muerte mientras escapaban con celulares, joyas, dinero, carteras y objetos de valor, pues en realidad eran asaltantes, que en vez de libros portan armas y en lugar de estudios planean atracos.
Es la historia que han vivido hasta el cansancio tantos pasajeros y transportistas que viajan de San Pedro Sula a Puerto Cortés y viceversa, en los buses de las empresas Expresos del Caribe, Citul e Impala. El trayecto se ha convertido en una ruleta en la que ellos apuestan la vida, y por un día, lo hice yo también. Eran las seis de la tarde cuando abordé uno de los buses Coster de la compañia Expresos del Caribe en la Terminal Metropolitana.
Prácticamente iba solo en aquel pulido bus que tiene capacidad para 23 personas cómodamente sentadas, pero unos kilómetros más adelante, en el congestionado centro de San Pedro Sula, diez pasajeros más se subieron, los observé y ninguno parecía sospechoso o tener malas intenciones, aunque según me habían contado aquí los delincuentes son los mejor vestidos. Por momentos, el trayecto a Puerto Cortés es lento, pues la unidad se detiene en cualquier lugar donde un pasajero hace señales de parada y así fueron subiendo otros usuarios más adelante convencidos por el desgarrado grito del cobrador: “Parando para el puerto, la López, Choloma, Puente Altoooo, Río Naaance, Baracooooa… vamos, está vacío! Como sucede casi a diario a esa hora, el Bulevar del Norte estaba atiborrado por carros particulares, autobuses y furgones que van a Puerto Cortés, comunidades y colonias intermedias y que hacen tedioso el paso.
El viaje era tranquilo, pero sabía que en cualquier momento podía cambiar todo, las riesgosas vivencias que me habían contado conductores, ayudantes y pasajeros daban vueltas en mi mente y mantenían mis sentidos alerta.
Llegamos a las casetas de peaje de la colonia Fesitranh cuando faltaban quince minutos para las siete de la noche y una vez en carretera abierta el motorista de la unidad, llamada paradójicamente “La Rápida”, apretó el acelerador hasta unos 120 kilómetros por hora para competir por subir la mayor cantidad de pasajeros posibles antes que llegue otro.
Algunos llaman a este trayecto el “callejón de la muerte” debido a su peligrosidad, pues estas empresas, que tienen en algunos casos más de cuarenta años de funcionar, se han convertido en blanco predilecto de los asaltantes en la última década, y con un incremento de hechos delictivos preocupante desde 2008.
Otro “corredorcito” intermedio difícil es el de San Pedro Sula a la colonia López Arellano y Cerro Verde, cubierto por “rapiditos” que igualmente corren como alma que se lleva el diablo y a menudo son víctimas de asaltos y homicidios.
Los pasajeros aparentan tranquilidad, pero en su interior no dejan de sentir temor. “Cuando a uno le toca… le toca”, dijo resignado el joven Julio Pineda, quien antes de bajarse en la colonia Los Almendros de Choloma me contó que el miércoles pasado asaltaron un bus de Impala como a las diez de la mañana, a pesar que llevaba dos guardias de seguridad en su interior”. En efecto, en este asalto murieron el agente privado Maynor Mejía y un delincuente apodado como el “Choco”.
Otro maleante y un pasajero, presuntamente cómplice de los malhechores, resultaron heridos y llevados al hospital Mario Rivas. Después de aquella breve conversación noté que el bus ahora iba casi lleno, al grado que diez personas viajaban de pie.
“Hay policías encubiertos que viajan en las unidades de transporte, y vigilamos puntos estratégicos de las rutas para dar seguridad a los ciudadanos”, afirmó Hugo Velásquez, vocero de la Policía en la zona noroccidental. Pero una encuesta que hicimos en el interior del bus cuando ya habíamos pasado el tramo de Choloma, demostró que los usuarios siguen temiendo por sus vidas. El pasajero Walter Hernández, que trabaja como soldador en Choloma y viajaba a mi lado, lamentó que lo han asaltado dos veces en ese tramo.
“Los delincuentes nos ordenan que bajemos la cabeza para no reconocerlos y les entreguemos todo lo de valor que llevamos encima, dinero, celulares, mochilas. Cuando tienen tiempo nos quitan hasta los zapatos y calcetines con el fin de indagar si el dinero lo llevamos allí”, expresó. Pasamos por Puente Alto y Baracoa en un autobús casi vacío, solo con cinco pasajeros, y en la frescura de la noche sentimos los primeros aires de la brisa del mar. Afortunadamente esa noche no pasó nada y ya estábamos en Puerto Cortés.