Hierba mala nunca muere, es el dicho popular para señalar que la maldad puede esconderse, pero no desaparece, de manera que habrá siempre esas piedras en las que seguiremos tropezando, pues “cabezas duras” abundan. Y no es que sea algo involuntario, no. Es premeditado, estrategia para la consecución de objetivos concretos que están a la vista, aunque echen mano de la simulación o nos reciten aquello de “yo no fui, fue...”.

Si se aplica herbicida en el campo, es tiempo, en nombre de la sociedad, mayoría sana, de terminar con la impunidad. No mirar caras ni carteras y asestar duros y certeros golpes sin sentimientos una vez conocido, con debido proceso, el delito, porque si seguimos con justicia “a la medida” solo escucharemos lamentos disimulados y cosméticos.

Las pruebas están ahí. Los modernos espacios proporcionados por la tecnología, nada barata, muestran el comportamiento no solo de los electores, sino de los “facedores de entuertos”, según la expresión clásica. Hay que enderezar lo torcido, y ello ya ha dado comienzo con la revisión de las actas y el recuento de los votos para respetar la decisión de los votantes y rescatar la confianza plena en las justas electorales, perdida hace tiempo.

Pero esto no basta, hay que ir más allá. Dar ese paso perdido en la aplicación recta de la justicia, de manera que el que la hace la pague, sin miramientos ni ilógicos desplantes por aquello del debido proceso, dando largas al asunto hasta que se olvide.

Y en las denuncias sobre fraude en el nivel de diputaciones no hay exclusividad de colores, pues en la elaboración de actas que no reflejan el contenido de las urnas hay participación colegiada, que son los autores materiales, pero ojalá también sean señalados aquellos participantes intelectuales para dar una lección y mostrar que con hechos no con palabras se defiende la verdad y la labor ética en las instituciones del Estado.

Este es el desafío: enderezar el entuerto y apresar, sin dilación, con la misma urgencia que se pidió la investigación, a los “entuertadores”, pues el lío no inició por generación espontánea, tuvo sus progenitores fácilmente identificables, y hacia ellos hay que dirigir no solo la mirada, sino la justicia pronta, pues tardía ya no es justicia. “Por el bien de nuestro país no pueden quedar dudas sobre la transparencia en el recuento de los votos y el respeto de la decisión de los electores”, señala la Conferencia Episcopal de Honduras en su mensaje sobre el recuento y verificación de los resultados electorales.