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Cosechando tempestades

La coyuntura que atraviesa el país obliga a vivir la psicología del anuncio: repetir hasta la saciedad para que quede bien grabado en la mente de los que lo reciben. En este caso hay una serie de ideas que hay que repetir para que todos podamos rumiar e interiorizar como individuos y colectividad.

En primer lugar, debemos recordarnos unos a otros que somos hermanos. La mayoría hemos nacido y vivimos bajo el mismo cielo, sea este el de Santa Bárbara, Choluteca o Atlántida. Como se ha acostumbrado a decir: tenemos el ombligo enterrado en el mismo suelo. No somos ni podemos vernos como enemigos. Como en toda familia, hay distintas maneras de concebir la realidad, distintas experiencias de vida y, por lo mismo, distintas visiones de futuro; pero, al final, el sueño es parecido: un país más justo, con más equidad, con oportunidades para todos.

En segundo lugar, que la violencia nunca ha sido un instrumento que construye. En cualquier parte del mundo en el que se haya dado o se esté dando una guerra, lo que ha habido o hay es destrucción, dolor y muerte, nunca progreso. Es más, ha sido necesario el retorno de la paz y un intenso proceso de reconciliación para levantarse de nuevo y ver hacia adelante. Destruir al otro, independientemente de cómo piense, nunca es una opción válida. Aplastar, aniquilar al otro, siempre será una imponente injusticia, sin posibilidad alguna de justificación.

Tercera idea: solo dialogando abierta, franca y sinceramente podemos salir de este atolladero, solo haciendo a un lado los intereses de personas y grupos particulares acabaremos con la zozobra. Sin embargo, el diálogo exige, muchas veces, ceder con el ánimo de recuperar para todos. El diálogo demanda buscar puntos de coincidencia, que siempre los hay, y no extremos que producen fricción. El diálogo verdadero exige, por supuesto, madurez. Solo interlocutores maduros, sensatos, pueden llegar a acuerdos. Con gente soberbia, terca, irracional, no se puede dialogar. Afortunadamente, hay en el amplio panorama de las instituciones políticas del país hombres y mujeres inteligentes, capaces de privilegiar el bien común sobre el particular.

Lo que ha pasado, de alguna manera, es responsabilidad de todos. Y no hablamos solo de lo que sucedió en Tegucigalpa el sábado pasado. Antes sembramos vientos, ahora cosechamos tempestades, es lógico.

Queda rectificar mientras aún es tiempo. Queda que aquellos que se consideran líderes en Honduras muestren la casta y su amor por esta tierra. Las generaciones venideras se lo agradecerán.