22/04/2024
09:01 AM

Ventura Ramos, maestro inolvidable

Renán Martínez

Llegaba siempre al aula con un sacoleva holgado en cuyos bolsillos inferiores cargaba un libro pequeño con páginas de fino papel que se comprimían para contener toda una obra literaria. En cada clase era un distinto libro compacto de la editorial Diana, el que sacaba con sus toscos dedos de su vestimenta para darnos a saborear el almíbar de aquellas letras de autores clásicos y contemporáneos.

Fue suerte mía haber tenido como catedrático de Literatura en la Escuela Normal de Varones en Tegucigalpa al destacado escritor de aquellos tiempos, Ventura Ramos. Era un hombre de duras facciones como el barro moreno de su natal San Francisco en tierras de Lempira, pero de suave carácter por dentro como es el alma hecho con la seda del saber. Nació en el seno de una familia de tradición lenca y culminó, con grandes esfuerzos, sus estudios de maestro de educación primaria, su única titulación académica, pero gracias a su vocación autodidacta llegó a convertirse en un connotado escritor.

Representó al gremio magisterial en la Comisión Nacional de Reforma Educativa que durante los años setenta representó un importante paso en la modernización del sistema educativo nacional.

Nunca esgrimió el látigo de las reprimendas para anidar en nuestros cerebros de adolescentes el germen de sus vastos conocimientos literarios. Recuerdo que un desobligado compañero de estudios quiso pasarse de listo cuando el maestro le pidió la explicación de un libro que habíamos leído como parte de la clase. El muchacho se puso de pie y comenzó a hacer una brillante alocución explicativa de la obra, mas no sabía que el profesor ya había advertido que otro alumno detrás, inclinado sobre el pupitre con el libro abierto, se lo estaba leyendo en voz baja. El profesor escuchó al interpelado sin interrumpir y al terminar el compañero su “disertación”, el maestro, esbozando una sonrisa irónica, expresó para todos con su voz grave y pausada: “este me salió demasiado erudito”. Las carcajadas que resonaron en el salón terminaron de poner en evidencia al tramposo y su cómplice, quienes sonrojados agacharon la cabeza. No hubo necesidad de otro castigo.

Aquellos eran los tiempos en que no había paros en los colegios, ni por parte de los maestros ni de los alumnos, por lo tanto el tiempo era muy bien aprovechado. En esa época era una vergüenza aplazar una materia y tener que volver en enero para tratar de recuperarla en las “olimpiadas”, como llamábamos, en nuestra jerga, a los exámenes extraordinarios. Ese colegio fue nuestra primera universidad porque todos los catedráticos eran de la talla del consagrado escritor Ventura Ramos.