11/04/2024
03:58 PM

Se va la vida con los ríos

Renán Martínez

Los peñascos que resplandecen en noches de luna llena, en el sector de Armenta de San Pedro Sula, fueron lanzados por la erupción de un volcán, hace miles de años, durante un combate entre dos tribus indígenas, según una vieja leyenda.

La batalla se originó porque el cacique Payaca entregó la mano de su hija Timalpay al hijo de otro poderoso soberano sin contar con la voluntad de la princesa, quien estaba enamorada de un guerrero de su tribu. Pero el día que se llevaría a cabo la boda, el guerrero Guaycana mató, con una saeta, a su rival y desapareció como una sombra llevando en brazos a Timalpay. Fue entonces que se desató la guerra entre las dos tribus. Cuando Guaycana estaba a punto de morir en el combate, retumbó la cordillera, se coronó de llamas la cima y la súbita erupción de un volcán arrojó al espacio millares de pedruscos encendidos.

En el lugar sobresalen hoy dos enormes peñas que parecen una sola. Quienes cuentan la leyenda aseguran que es allí donde reposan los restos de Guaycana y Tiimalpay. Lo cierto es que Armenta fue, hace algunos años, uno de los sectores más pintorescos del municipio de San Pedro Sula por los caudales que bajaban de El Merendón, convertidos en río, para formar en el lugar una enorme alberca natural, entre los peñascos legendarios.

La escritora Martha Isabel Alvarado Walkins nos remonta, en su libro Cuentos de Armenta, a los inicios del siglo XX cuando Armenta era una hacienda localizada al pie de El Merendón en medio de un paraíso. En ese entonces sus habitantes respetaban los misterios de sus bellas montañas y apreciaban la riqueza de su exuberante flora y fauna.

El río Armenta se une con el otrora caudaloso río El Zapotal procedente también de la cordillera, para regalarle a los sampedranos el río Blanco que ahora no es ni remedo de lo que fuera hace solamente unos treinta o cuarenta años.

Desaparecieron las garzas y las tortugas de sus riberas, lo mismo que los peces de sus aguas como consecuencia de la contaminación masiva propiciada por los humanos. Lo que ayer fuera un refrescante lugar de recreación para los sampedranos en tiempos de calor, hoy no es más que un hilo de aguas oscuras que corre hacia la muerte entre asentamientos humanos, explotadores de arena y lavaderos de carro que están terminando de asfixiarlo. Ninguna autoridad ha podido, hasta el momento, reubicar a las personas, cada vez más numerosas, que han convertido los bordos del río en un mundo impenetrable en el que no existe ley ni orden.

Las aguas del Blanco comienzan a contaminarse desde arriba con los desechos industriales de algunas empresas y continúan abajo con la basura de los asentamientos y otros desperdicios que lanzan personas particulares desde los puentes.

El viejo proyecto de construir parques lineales sobre los bordos, una vez reubicados sus pobladores, quedó en un sueño, que tal vez nunca se haga realidad.

Deben tomarse acciones efectivas para rescatar el raquítico caudal, pues de lo contrario pronto desaparecerá como ocurrió con Río Bermejo y Río de Piedras que se fueron, llevando consigo parte de la vida de San Pedro Sula.

Si nos remitimos a la leyenda de Armenta, podemos decir que Río Blanco será la última de las lágrimas que derramó la princesa Timalpay, y formaron al principal contribuyente de Río Blanco, si las autoridades no actúan ya.