Ser padre es asunto extraordinario. Yo he disfrutado plenamente de esa maravilla al ver crecer a mis hijos, saberlos cercanos a nosotros –yo, su madre y sus tíos y primos-. Verles sus travesuras y sus ingenios y saber que disfrutaron de sus abuelas en La Esperanza, adonde acudían a pasar sus vacaciones y a ser felices por el cariño inconmensurable con que les rodearon. Muchas veces fue preciso aplicarles un chancletazo y ahora ellos lo agradecen porque de esa manera pudieron encaminarse por el rumbo correcto.

Mario Fernando Ramos Panchamé, mi hijo menor, siempre fue un chico excepcional desde que cursaba el preescolar en el Liceo Franco Hondureño de Tegucigalpa. Cuando se graduó del bachillerato no perdió su tiempo y se inscribió para cursar el Bachillerato francés vía internet. Recuerdo su afán sobre los libros y sus exámenes en Guatemala y San Salvador. Al graduarse le ofrecí como regalo de graduación una cucarachita Volkswagen que me ofrecía a precio de ganga mi amigo el poeta Gabriel Armand, primer secretario de la embajada de Venezuela. Mario me dijo enfáticamente que no quería carro, que su deseo era ir a estudiar a Francia. Para nosotros, que ganábamos un salario en la UNAH que apenas nos daba para sobrevivir, era casi imposible poder satisfacer sus aspiraciones. Se lo dijimos con gran dolor. Pero él insistió. Había obtenido uno de los primeros lugares con sus notas, pero el Liceo consideró que yo como médico tenía recursos para asumir los costos, así que las becas se asignaron a sus compañeros. Silvio Ficeac y Carlos Aguilar, quienes habían recibido las becas, llamaron a mi hijo y le ofrecieron compartir con él la beca. Frente a tal ofrecimiento no me quedó más opción que decirle a Mario que tenía todo mi apoyo. Así fue como los tres fueron a Montpellier y mantuvieron hasta la fecha una hermandad insuperable. Mario muy pronto logró una beca del gobierno francés, obtuvo su ingeniería en orleans y luego se especializó en túneles con una beca que le otorgó la asociación francesa de constructores de túneles.

En 2019 terminó un proyecto fabuloso que consistió en construir una estación del metro debajo de uno de los majestuosos edificios de la Place de la Défense en París. Ese proyecto fue considerado el primero entre los diez más emblemáticos construidos en París durante ese año. Un logro que significó un orgullo para nosotros sus padres, para su familia y para Honduras.

Víctor Manuel Ramos Panchamé tuvo que partir a Washington en busca de nuevas oportunidades. Se graduó también en el Liceo Franco Hondureño y luego de Ingeniero Civil en Unitec y tuvo aquí importantes experiencias en la construcción con la empresa Indumeco, de mi hermano Jorge Alberto Ramos. Una de ellas, la reconstrucción del edificio de la Academia Hondureña de la Lengua con la dirección de un arquitecto peruano y en la construcción del Instituto Hondureño del Café.

Hoy me he enterado que el proyecto en el que trabajó, en las proximidades de Washington, en el estado de Rhode Island, recibirá el CEAM Project of the Year Award de 2022, el 29 de septiembre, fecha de mi cumpleaños, por ser seleccionado como el trabajo “County Project of the Year.” Esta obra, Ager Road Green-Complete Streets Project, fue una obra realizada con el respaldo de la empresa que dirige Emilio Rodríguez, junto con su esposa, su hermano y sus hijos y sobrinos, compatriotas hondureños que nos representan con orgullo en el extranjero.

Da muchísima alegría y orgullo saber que nuestros hijos, hondureños de pura cepa, son capaces de brindarnos estas grandiosas satisfacciones que hoy doy a conocer a mis queridos lectores porque entiendo que también sabrán compartir con nosotros, yo y Ely, esa inmensa complacencia que da el hecho de que hondureños se destaquen en otros lares con logros extraordinarios, situaciones que nos hacen imaginar los cielos de esas latitudes mostrando el azul turquesa con cinco estrellas en el centro de la nítida banda blanca central del pendón nacional.

También tenemos a Katia, una guerrera cabal en el cuidado de sus hijos. Todos ocupan gran parte de mi corazón y ahí, apretaditos, hay espacio para el cariño de nuestros cuatro nietos que, confío, seguirán el camino del éxito.

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