Sin duda que el detalle que marca la diferencia entre una persona y otra, y entre un país y otro, tiene que ver con la educación que una de esas personas ha recibido o que ese país ha brindado a su gente. Y, claro, no solo se trata de formación intelectual, académica, sino, sobre todo, ciudadana, ética, comportamental.

Por ejemplo: cuando un automovilista reduce la velocidad y hace alto ante un peatón que pasa sobre un cruce de cebra; mientras otro más bien acelera y casi atropella al que hace uso de su derecho, la diferencia es educación. El primero ha sido capaz de reconocer el privilegio del peatón y de obedecer a la señal de tránsito pintada sobre la vía; el segundo, por falta de educación, ha desconocido y violentado el derecho ajeno.

Cuando, en un intercambio de opiniones, uno de los que en ella participan espera pacientemente a que el otro termine su argumentación para poder exponer su punto de vista y, sin exaltarse, con serenidad, dice lo que tiene que decir; mientras el otro frunce el ceño, interrumpe, levanta la voz, gesticula impaciente, la diferencia es educación.

El primero reconoce el derecho del otro a exponer sus ideas, a hacer saber su opinión a los demás; mientras que, el segundo, parece no tolerar la diversidad de ópticas sobre asuntos opinables y procura hacer callar al primero, ya que no soporta otras formas de pensar. La conducta del segundo no es solo un tema de convicciones y apasionamiento, sino de mala educación, de falta de entrenamiento ético, de zafiedad, incluso.

Igual cuando, en un estacionamiento a reventar, un conductor circula en busca de un espacio libre y no se le ocurre ocupar los reservados a mujeres embarazadas o personas con problemas de movilidad, que están vacíos; mientras otro, sin que esté en estado de gravidez y pueda moverse ágilmente, se estaciona cínicamente donde no debe, la diferencia, otra vez, es educación.

El primero está consciente de que ni la prisa ni la falta de previsión, ni los horarios pueden justificar el irrespeto a las personas que presentan determinado estado particular, y que habrá que armarse de paciencia hasta encontrar un sitio disponible, mientras que el segundo hace gala de comodidad, de egoísmo, de incultura. Con una persona como la descrita en segundo término es difícil convivir civilizadamente. Parece estar mejor preparada para pacer o retozar en un potrero que un ambiente urbano.

Y así podría continuar con muchos más ejemplos. Porque, tristemente, la falta de educación ensombrece, dificulta, obstaculiza la vida social y nos lleva de vuelta a las cavernas, a aquellos horribles tiempos en los que campeaba la ley del más fuerte.