Recientemente mientras comía con unos amigos ahora que la hostelería ha vuelto a funcionar a medio vapor en España, llamó mi atención una de las sugerencias del postre, en la carta, “fruta de la temporada”.

Se me hizo curioso el término, ya que hoy en día gracias a distintos procesos de cultivo en invernadero, así como la globalización en las importaciones de alimentos, no es raro comer fresas, cerezas, nísperos, albaricoques o melones fuera de primavera, pero mis amigos me explicaban que a pesar de ello nada se compara como comer una fruta fresca de la temporada, es decir aquella cuya cosecha acaba en el mismo período del año en el que la estamos comiendo.

Según los expertos en nutrición, una fruta o vegetal de temporada, aporta un extra en la cantidad de fitoquímicos, antioxidantes, a la vez que conserva mejor sus propiedades, sabor y aroma, todo esto como resultado de que su ciclo de maduración natural fue respetado. Esto me llevó a pensar que si estos principios aplicados a las frutas y las verduras son tan beneficiosos, haciéndolos analogía a la existencia humana, no lo son menos. El Salmo 1,3 al hablar de la dicha de aquel que sigue la voluntad del Dios afirma: “ …da fruto a su tiempo y su hoja no se marchita; en todo lo que hace próspera”.

Vivimos en una época de frenesí formativo, en el que se priorizan “contenidos”, por encima del aprendizaje, “tiempos” por encima del crecimiento, “resultados” por encima de los procesos. Esta es una verdad incómoda que ha venido permeando los distintos campos formativos humanos, desde los padres que se vuelven locos porque sus hijos aún no hablan, o no van solos al baño a cierta edad en la que el hijo del vecino ya lo hace. Pasando por el sistema escolar uniformado que poco toma en cuenta las particularidades y los ritmos de cada niño, hasta llegar al mismísimo proceso de maduración personal en que muchos hombres y mujeres (jóvenes y no tan jóvenes) se ven angustiados o frustrados debido a la presión social, por no estar viviendo lo que se supone deberían vivir a su “edad”.

Pero lo cierto es que no todos aprendemos a la misma velocidad, no todos maduramos en las mismas fases de vida, no todos alcanzamos ciertas metas a la misma edad. No estoy hablando del fenómeno de los “adultescentes” o del famoso síndrome de Peter Pan (Esta es otra historia). Aquí me refiero a la manía de acelerar ciertos aprendizajes y procesos que logran de forma precoz o anticipada, pero que otros no, y que debido a ello, se ha ido dejando una estela de frustración, autocrítica, y sensación de fracaso, en especial en adolescentes y adultos jóvenes.

Es necesario recordar que en la medida que cada uno sea consciente de su propio proceso, el tiempo será algo relativo para el que lo vive y la prisa nunca tendría que ser una opción para los facilitadores (padres, maestros, orientadores o formadores) porque el resultado final será una persona de invernadero y no de temporada.

Un proceso de aprendizaje, un crecimiento personal y una correcta maduración requerirán de la paciencia pedagógica que ayude a cada individuo a conocerce mejor, a valorar y vivir el hoy para construir el mañana, y no al revés. Meterle acelerador a la vida puede hacer que al final nuestro fruto parezca maduro, pero carezca de los nutrientes suficientes y del sabor que se supone deberíamos tener.

La cosecha de la fruta de temporada siempre se realiza en el tiempo correcto, ni antes, ni después, ayudemos a que cada ser humano llegue a sus sazón y alcanza su plenitud, en le mundo para la gloria de su Señor.