Un niño pueblerino de finales del siglo XIX había alcanzado la edad de doce años y nunca había visto un circo en su vida. Sintió una emoción exorbitante cuando un día colgaron un cartel en su escuela anunciando que el próximo sábado un circo ambulante estaría en el poblado cercano.

El pequeño corrió a su casa con la buena noticia y le preguntó a su papá si podía ir.

Aunque su familia era pobre, su papá decidió complacerlo. “Si para el sábado tienes hechas tus tareas”, le dijo, “te conseguiré el dinero para ir”.

Para el sábado en la mañana, el pequeño había realizado todas las tareas de esa semana y de la siguiente.

El padre, entonces, le dio el dinero prometido. Le dijo que tuviera cuidado y lo envió en dirección al pueblo. A medida que se acercaba a las afueras de la ciudad, él vio a personas alineándose en las calles, y poco a poco se fue acomodando hasta ver lo que estaba sucediendo.

¡He aquí, se acercaba el espectacular desfile de entrada del circo! Animales enjaulados rugían mientras pasaban, las bandas tocaban sus ritmos con sus trompetas relucientes, los enanos hacían acrobacias mientras las banderas y los lazos se arremolinaban encima.

Al final, los tradicionales payasos de circo, con sus zapatos flexibles, anchos pantalones, y su cara brillantemente pintada, comenzaron a animar a la multitud. Mientras el desfile concluía, el niño metió su mano en el bolsillo, tomó el dinero y se lo entregó al último payaso. Luego, se dio la vuelta y se marchó a su casa. ¿Qué pasó? ¡El niño pensó que había visto el circo cuando solo vio el desfile de entrada!

La vida cristiana es la experiencia más maravillosa que uno pueda imaginar.

Sin embargo, para muchos es todo lo contrario.

Porque, como el niño del relato, se conforman con lo periférico (la religión), pero se pierden lo mejor, a Dios.

Entréguese por completo a Cristo y recibirá una vida, un gozo y una paz que no querrá cambiar por nada.